jueves, octubre 27, 2016

miércoles, octubre 26, 2016

martes, octubre 25, 2016

jueves, octubre 20, 2016

planta 25


domingo, octubre 16, 2016

sábado, octubre 15, 2016

mujer


viernes, octubre 14, 2016

jueves, octubre 13, 2016

martes, octubre 11, 2016

lunes, octubre 10, 2016

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Pasaste aquellos dos últimos días en Rusia visitando la Plaza Roja, el Kremlin, la catedral de San Vassily y el famoso teatro Bolshoy. Callejeaste arriba y abajo. Subiste al trolebús y viste el puente desde donde en 1993 los tanques -bajo órdenes de Boris Yeltsin- dispararon a la Casa Blanca (el Parlamento) con doscientos muertos de resultado. Fotografiaste las Siete Hermanas, los ocho rascacielos góticos estalinistas que un poco intentaban competir con Nueva York, el último de ellos jamás se construyó y de ahí el nuevo nombre. Visitaste casas art decó medio ruinosas. Encontraste los murales punk de Víctor Tsoy, un cantante cuyas letras de canciones pedían libertad para la gente y los comunistas pensaron que se las escribía la CIA. Seguiste, cómo no, explorando el Metro, distópico, bonito, gigantesco y un poco fuera de la realidad. Observaste preocupado que en algunos barrios había bares de striptease mezclados entre restaurantes y tiendas de ropa, como si fuese algo normal, con tipas en la barra bailando semidesnudas y hombres fumando y viendo fútbol a la vez. Tampoco te pasó desapercibido que frente a la tumba de Lenin hubiese -irónico- un gigantesco edificio de boutiques exclusivas, de las de una o dos cosas en el escaparate oscuro y sin precio. Notaste que por las calles muchas chicas se hacían fotos posando como pseudomodelos; observaste el proceso repetido enésimas veces: iban dos, una con una cámara -cara- y otra vestida con botas altas y ropa llamativa -cara-, maquilladísima; la que hacía de modelo mutaba su expresión completamente, torcía el cuerpo, contorsionaba los pies, gesticulaba con los labios, miraba al infinito, se tensionaba y zas, foto. Imaginaste que aquel esperpento era lo que ellas tenían por ser atractivas sin darse cuenta de lo horrible que resultaba; es más, muchas eran guapas de veras pero sólo se veía cuando relajaban su esfuerzo y se sabían fuera de peligro fotográfico, ahí emergía su verdadera gracia insospechada. Tampoco es que fuese asunto tuyo lo que les gustase hacer, eso lo sabías.

A pesar de tus pesquisas e indagaciones por Moscú, lo que más te gustó fue un bar cutre llamado Zhiguli de mesas corridas estilo soviet, comida barata y cerveza local. Un señor ruso de aspecto cansado te habló en español y te dijo con tono pesimista que aquel no era sitio para turistas. Te encantó oír aquello.

domingo, octubre 09, 2016

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Hoy en Moscú te comiste una ensalada rusa. Te pareció mejor que las versiones no originales porque le ponen pepinillo y cambia el sabor sutilmente. Mientras la disfrutabas pensaste en las vueltas que tuvo que dar el mundo para que algo tan aparentemente simple llegase a existir. Tu mente se fue bastante lejos.

Como bien sabemos los vikingos suecos se dedicaron a dar por saco en el siglo IX, lo que en Historia eurocentrista se denominan Segundas Invasiones (las primeras fueron las sufridas por el Imperio Romano, se supone). Estos vikingos se llamaban varegos y fueron a muchos sitios, entre ellos las vastas tierras del este de Europa habitadas por antiguas tribus eslavas. Dichas tribus, como es normal, temían las incursiones vikingas y a estos gañanes saqueadores les llamaban "rus".

Un buen día los rus decidieron quedarse. Según la leyenda, cuatro de ellos (Kyi, Shchek y Joryv, junto a su hermana Lýbid, todos impronunciables) fundaron una ciudad a la que llamaron Kyiv por el primero de ellos -la actual Kiev-. A los territorios de alrededor se les empezó a llamar "tierras de los rus" o, para abreviar, rusiny, rusichi, rusia.

La patata la trajimos los españoles de Sudamérica y se generalizó en Rusia a finales del siglo XVI.

El guisante es una planta mediterránea que empezó a cultivarse en el 7800 a.C.

El huevo lo comen los humanos desde siempre aunque los primeros registros de cocidos aparecen en textos bíblicos.

La mayonesa procede de Mahón, en Menorca. En 1756 los franceses, liderados por el Duque de Richelieu, atacaron una fortaleza inglesa en la isla. Durante el episodio bélico tuvieron oportunidad de probar una salsa de huevo con ajo que se había inventado un tabernero español. Les encantó y copiaron la receta quitándole el ajo. La llamaron "salsa de Mahón" o mayonesa.

El pepino empezó a encurtirse en Mesopotamia, más o menos en el 2.500 a.C. A Rusia puede que lo llevasen los judíos o los cruzados, no estás seguro.

Finalmente en 1864 un cocinero ruso de origen franco-belga llamado Lucien Olivier, abrió en Moscú el restaurante Hermitage. Sería este señor el que haría popular su receta de ensalada con todo mezclado, herencia vikinga, mesopotámica, menorquí, mediterránea, sudamericana, bíblica y un poquito de carne. Era la delicia culinaria moscovita hasta la Revolución Rusa en 1917. En ese momento muchos exiliados, sin pretenderlo, expandirían la susodicha ensalada Oliver (o rusa) por todo el planeta.

En fin, que te acabaste la comida y te fuiste de paseo.

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Durante algunas horas viajasteis en tren por la Rusia profunda. En segunda clase los vagones tenían camarera y compartimentos de a cuatro con literas plegables, aseos desconchados pero pulcros y chicos pasando con bocadillos de salmón y queso o chocolate con un 30% de cacao. Te tomaste un café -casi bueno- mientras Ceci dormía y el paisaje se movía alrededor. La niebla daba un aire nostálgico a los bosques sin fin sólo interrumpidos alguna vez que otra por ruinas soviéticas sobresaliendo de las copas arbóreas y alguna iglesia lejana de cúpulas verdes o doradas. Ríos, puentes, más y más bosques, aldeas y barro. Entonces, muy a lo lejos, viste un aeródromo militar y recordaste que aquel país, en aquel momento concreto, estaba en guerra ayudando a Bachar el Asad en Siria. No fuiste muy feliz pensando en ello.

El tren llegó a Moscú.

sábado, octubre 08, 2016

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De la bonita ciudad de Yaroslavl recordarías con el tiempo, aparte de sus cúpulas doradas y sus frescos e iglesias (que se habían multiplicado en la urbe de forma escandalosa, decenas y decenas) una pequeña torrecita de ladrillo y cal en una estación de bomberos con una gigantesca estatua de Lenin enfrente. Imaginaste que algún señor o señora, alguna vez, había tenido la honorable tarea de pasarse largas tardes y noches oteando el horizonte en espera de un humo sospechoso que delatase un incendio. Te preguntaste cómo aquellos avistaderos no habían sido más comunes dada su manifiesta utilidad y llegaste a la conclusión de que si ser farero te parecía increíble, el trabajo de vigilante de tejados tampoco estaba mal (en otoño). Entre tus oficios favoritos se incluían cartógrafo, inspector de alcantarillas, cartero de lugares inhóspitos, astronauta, piloto de submarinos y constructor de cosas imaginarias (el cual desempeñabas con esmerada eficiencia; los otros habrían de esperar).

En aquella ciudad lejana vivía un señor llamado Alexandr Petrov, un oscarizado director y pintor ruso al que tuviste oportunidad de conocer junto a Yuri Norshtéin, otra leyenda del mundo de la animación. Guardaste meticuloso registro de vuestra conversación para que la posteridad juzgase su significado: ambos ilustres famosos entraban en una sala y al verlos sostuviste la puerta. Uno de ellos -nunca supiste cuál- te dijo (traduzco del ruso):

-Gracias

Y pasaron.

jueves, octubre 06, 2016

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En Kostromá te diste cuenta de lo que el vodka le hace a los hombres rusos -los mata- porque la cantidad de fotografías con una señora abrigada caminando sola empezaba ya a ser notable. Sacaste señora con pañoleta azul, señora subiendo escaleras, señoras esperando el trolebús, señora vendiendo calcetines, flores, setas, medallitas, muñecas, señora con niña, o -a palo seco- señora. La única explicación era que los hombres estaban o en el bar o finados, que para el caso era lo mismo.

Llegasteis por la tarde a la pequeña aldea de Plyos, famosa por sus paisajes de pintura romántica y a decir verdad era cierto el renombre. Faltaban un par de cosacos batiéndose a espadazos en la hojarasca, o una silueta embozada junto al cementerio, o incluso una montería de perros para completar el típico cuadro de abuela, el manido tapiz de caza de comedor español que todos odiamos hasta el fondo sin saberlo. Pero estar en el paisaje era otra historia pues no existe nada más reconfortante en la vida que el olor del barro al atardecer otoñal en un sendero del bosque caduco. Goya opinaba lo mismo, creo.

La noche rusa oscureció todo y por enésimo día consecutivo soñaste con Extremadura. Hablaste aquella noche -mientras dormías- con Luis, con Miguel, con Juanito y con Manel (hacía más de una década que no les veías). Luego apareció tu abuelo Vicente -que había muerto hacía mucho- y te dijo que estaba amaneciendo en Rusia y te estabas perdiendo una bonita foto.

miércoles, octubre 05, 2016

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Iván el Terrible se suicidó con su espada -o lo suicidaron, como a Nisman en la Argentina- en un pueblito llamado Uglich por el que pasasteis. Recuerdas que aquel día estaba gris pero de alguna forma encajaba con los coches Lada que eran más comunes según os alejabais de Moscú por el río. En los pueblos se alternaban ruinas del pasado socialista, calles rígidas y caminos de barro con charcos que daban cuenta de una vida sin demasiados aspavientos; la gente que os cruzasteis fue amable y distante a la vez, cordial, ajena, de saludo honesto, mirada triste, subgesto duro y sonrisa fácil.

En Mishka, por ejemplo, una desconocida os vio intentando descifrar si era buena idea subir por unas escaleras espirales al campanario de una iglesia. Os habló en ruso, claro, y cuando no obtuvo respuesta se apresuró a subir ella a modo ilustrativo. El ascenso a través de arcadas y habitaciones polvorientas con pilas de lápidas olvidadas, ventanucos, sogas y suelos de madera dudosos, fue increíble. En el último piso, junto a las esperadas campanas y una vista de toda la ciudad a orillas del Volga, la señora -resoplando- os dejó una tarjeta de un salón de belleza y tras recuperar el aliento se fue sin más.

Encontrasteis así al azar una exposición de fotografías decimonónicas en una casa de aldea. Las imágenes recordaban mucho a los colonos americanos no sólo por los barcos de vapor estilo Misisipi sino por la ropa, las construcciones y un poco todo. Allí no había esclavos pero sí siervos que por desgracia eran lo mismo, incluso les llamaban almas muertas (de ahí el título de la famosa novela de Nikolái Gogól que es el equivalente ruso al Quijote español).

Hasta Cherepovets no habíais visto cómo era realmente una ciudad industrial rusa. Kandinski dijo en su momento que el color gris era la única forma de mirar al infinito; habiendo aceptado eso, Cherepovets te pareció infinita. Aún así, los bloques de edificios y su simetría marchita tenían algo de poético, igual que los caminantes cabizbajos y la lluvia de octubre. Desde lejos veríais las chimeneas, los silos, las humaredas.

Era año nuevo para los judíos, acababa el Rosh Hashanah y según tus cálculos -basados en precarias investigaciones- entraba su 5776. Por algún extraño motivo pensaste en eso cuando una tormenta alcanzó vuestro barco cruzando un lago. Todo se movió un poco y el gallego fue feliz un rato.

domingo, octubre 02, 2016

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Aquel mercado en la ciudad de Tver tenía un deje gallego de venta de gallinas, repollos y miel aunque otras partes eran más humildes y se veían radios usadas, cargadores Nokia de tercera mano, monedas de tiempos de Trosky y zapatos sueltos (algo inexplicable para tu mente simétrica). Entrasteis en aquella iglesia flanqueada por tres mendigos con tazas y de nuevo os pareció cambiar de mundo a otro de velas, cantos e inciensos. Experto en vituperar lo sagrado, aquella vez no fallaste: sacerdote confesando a un niño, mujer besando un icono, abuela repartiendo velas, espalda de un ruso cercano, señora repartiendo limosna, así llamarías a aquellas fotos en su día.

Salisteis felices pero Ceci necesitaba ir al baño de modo que balbuceaste a una señora algo que en tu mente sonó a "Gde tualet pozhaluysta? spasibo" y milagrosamente funcionó porque os acabaría señalando una caseta y al personaros en la misma aparecería en el suelo raso un agujero que apestaba a cacas y orines ancestrales pero que cumpliría su cometido en aquella tibia mañana de octubre.

Desde que habías pisado Rusia habías notado que hombres y mujeres miraban a uno a los ojos de forma implacable. Habías intentado sostener numerosos pulsos visuales y los habías perdido todos, incluso con una niña. Tiempo después, ojeando las fotografías de aquella mañana en el mercado, decidirías que aquella cualidad no era sino una virtud. Los extraños parecían dejarse el alma en la foto, inmunes al miedo o la ofensa, forjados por el invierno y el vodka y ajenos a tus pantomimas y maniobras distractorias que simplemente les traían sin cuidado.

sábado, octubre 01, 2016

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En aquel instante te encontrabas en el Volga a bordo de un barco de nombre impronunciable, Vladimir nosequé. El camarote era estrecho y tumbado en la cama podías oír el parsimonioso fluir de las aguas, el runrún de los motores, el crujir de los techos de madera y las barandas e incluso un poco las risas lejanas de algún ruso borracho. Todos los tópicos eran ciertos, ya habías visto guardias de caras redondas enrojecidas con gorras desencajadas y uniformes severos; también a hombres vomitando en esquinas rotas y botellas de vodka vacías y olvidadas. El famoso Metro era tan increíble como prometían -casi deseaba uno ser bombardeado para pasarse un par de meses bajo bóvedas minimalistas soviéticas, mosaicos de aviación, estatuas heroicas de bronce y lámparas tipo Stalin, esperando a que pasase el peligro- y la Plaza Roja era majestuosa y solemne. No viste los restos de Lenin momificados pues para ti no significaban más que los del Apóstol Santiago, pero sí entraste con Cecilia y Timur a una iglesia ortodoxa claroscura con sacerdotes barbudos y mujeres con pañoletas cantando salmos bajo haces de luz cenitales. Profanaste el lugar haciendo una foto prohibida -que para colmo no salió- y luego huisteis cabalmente. Ah, y viste aquel edificio marrón y amarillo, inmenso, sede de la famosa KGB, que tantas infelicidades trajo al mundo y que se hacían irreales y lejanas, como inverosímiles, y luego te recordaste que el mayor peligro de la Historia es el olvido.

Comiste arenque con remolacha, ensalada -rusa-, té negro, pastelitos de nombres siberianos y una suerte de tarta con helado.

En un bar, presenciaste esta conversación:

-¿una cerveza?
-no tenemos, sólo vodka
-vale pues un café.

Y alguien te dijo que Ramón en ruso sonaba a nombre gitano. No aclaró si era algo bueno o malo.