lunes, febrero 29, 2016

viernes, febrero 26, 2016

martes, febrero 23, 2016

lunes, febrero 22, 2016

sin título


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Aquel día al salir del trabajo viste un cielo oscuro de nubarrones de invierno y tras él apenas se intuía un azul turquesa ultramarino yves klein brillante. Y si girabas la vista y entrecerrabas los ojos veías naranja, púrpura, rojo apagado; arriba los nimbos grises casi negros resplandecían por la luna que asomaba de poco en poco en pestañeos centelleantes.
Tenías los pies congelados.

Trataste de memorizar aquel instante rodeado de bosques allí en Connecticut a miles de millas de casa, el aire cortante, el cielo inmenso, la noche, restos de granizo, charcos, tierra mojada, sal, gafas sucias, barba de tres semanas y los cordones de la zapatilla derecha desatados. Luego te subiste al bus.

miércoles, febrero 10, 2016

martes, febrero 09, 2016

sin título


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El tren da sueño pero me aguanto. Estoy en las profundidades de Grand Central, el corazón de Manhattan (porque no es el medio y medio de la ciudad sino tirando a la izquierda) y miro por la ventana oscura dónde por ahora sólo se reflejan los neones. Salimos del túnel y empieza la procesión de edificios y calles nevadas, una cadencia cadencia. Me viene entonces a la mente que ayer estábamos en el malecón de Santa Mónica en manga corta mirando el Pacífico y sus olas brillantes. Ceci sonreía y hacía fotos a los pescadores y a los músicos y a los señores sentados con sus sombreros de sombra. Luego vino despedida y vuelo.
En Argentina cuando echas de menos a alguien le llaman extrañar. Te extraño, dicen. Es como una maravilla del idioma. Suena bien sin duda pero lleva un tiempo acostumbrarse, para un gallego extrañar es que algo se sospeche, que sea un poco raro, que genere una duda. Quizás los criollos se sentían extraños cuando una persona se iba o algo habitual cambiaba y acabaron por pasarlo a verbo. O quizás ya estaba inventado y simplemente no se dice en Santiago, con estas cosas nunca se sabe.
El caso es que estaba acostumbrado a volver de viaje con Ceci (regresarse), al tierno desorden de su maleta autoexpansiva (quilombo), a caminar juntos por la acera (vereda) y a que no me digan tú (sino vos) ni eres (sos).
Por unos días ella estará lejos y Nueva York, con toda su grandeza gris oscura, no será lo mismo (te extraño).
Escrito eso, empieza a nevar (nevar).

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Cecilia duerme mientras yo a las cinco y nosecuanto de la mañana ya no puedo pegar ojo, un clásico. No hay distracción posible en este motelucho a esta hora, es uno de estos sitios americanos pegado a la carretera, dos plantas con habitaciones dando afuera, moqueta, televisión por cable que jamás usamos y esta sensación constante de que en cualquier momento te cruzas con Harvey Kaitel o aparece un maletín abarrotado de billetes bajo la cama. Es decir, me encanta.
Ayer estuvimos en la gala y bueno, no ganamos. Llegamos tarde a la recepción por los dramas de última hora, Ceci que se pisaba el vestido y yo viendo vídeos de youtube de cómo hacer el nudo de la corbata. Mientras esperábamos al taxi en la acera opuesta la policía detenía a un tipo -esposas, contra la pared, al coche- justo a los piés de una iglesia mormona legendariamente fea. El taxista era como tres veces yo, hacía el señor que el coche pareciese de estos de juguete donde sólo van dos. Fue amable y paciente con nuestras indicaciones y me pareció aritmético darle tres veces más propina, y lo hice.
La recepción fue uno de estos eventos VIP (que en inglés significa "persona muy importante") donde no hay nadie normal; es decir, que si todos somos VIP nadie lo es, así que sólo te queda reirte entre dientes mientras te pones una pulserita dorada. Había como cientos de personas de traje, americana, traje de noche largo y corto y yo con mi corbata estilo youtube y menos mal que Ceci estaba guapísima y salvaba los trastos. Nos encontramos con Abraham y Lorena (nuestros amigos de Valencia) y hablamos aquí y allí un poco pero estuvo claro que no somos de estas lides de puesta en largo y ni siquiera nos molestamos en ir a la alfombra roja ni chorradas del estilo.
La gala fue estilo Oscar pero en pequeñito. No hubo intriga posible pues nuestra categoría fue la primera y zas, ganó otro. Aplausos y listo. Fué un vencedor digno así que nos dimos por satisfechos y Ceci más tarde felicitó al ganador, un chico con barba y cara de buen tipo. Enhorabuena.
El resto de la noche, tras dos largas horas de aplaudir y palmaditas en la espalda de todos a todos -qué buenos sómos- nos dedicamos Lorena y yo a disfrutar del salmón, del edicifio precioso de la universidad de UCLA, de la noche cálida de invierno californiano y qué más quiere uno en la vida.

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Hoy no tengo tiempo de escribir mucho así que esto es más un post-it que otra cosa: Ceci y yo callejeamos por Los Ángeles en un barrio que no está diseñado para paseantes, tranquilo e insípido, casi intranscendente. Encontramos una iglesia de muchas y entramos a ver las cristaleras -bonitas- y unas monjas acabaron enseñándonos un Rembrant -el hijo pródigo- que alguien les había donado. Lo tenían mal colgado en una esquina a la que le daba el sol; el cuadro, fantástico (no podía ser de otra forma). Luego nos encontramos con amigos y nos fuimos al centro a ver algunas localizaciones de Blade Runner y lo pasamos genial pero al volver al motel, aún no sé cómo, acabé ayudando a una loca de Pitsburg a cargar su coche, hablaba sin parar de forma contradictoria y tuve que entrar en su cuarto patas arriba, con un perro extraño, botes de vitaminas, comida china y cajas de libros mientras me hablaba de la superbowl y de un tal Pepe el español pues como todo el mundo sabe todos los paisanos nos conocemos automáticamente.
Pepe, claro; y me fuí.
Ahora Ceci lucha contra el jet lag durmiendo la siesta.

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Hay también que admitir que una visita fugaz a Nueva Jersey deja una impresión de lugar anodino plagado de fábricas, almacenes, bosques monótonos y ciudades estándar entre millones de contenedores rojos y naranja sucio, puentes de hierro y cables y más cables.
Hoy estaba nevando cuando salí de casa al aeropuerto y cuando cruzamos el túnel que pasa bajo el río Hudson me sorprendió que ese cenizo Nueva Jersey había transmutado: era un lugar de nieve en blanco y negro con esqueletos de hielo, túmulos pálidos, páramos grises y azules, marismas congeladas y brillos húmedos iridiscentes. Era una especie de Hades frío y silencioso de una belleza aplastante.
Luego fue volar y nubes y el Gran Cañón desde el cielo. Deduje que al río Colorado le llamaron así porque es rojo, tampoco hay que ser muy espabilado.
Los Ángeles desde el aire es una inmensidad de casas bajas, barrios ordenados y caóticos, palmeras, el brillo dorado del atardecer en el Pacífico y carreteras autopistas autovías autotodo. Es más americano o, mejor dicho, menos europeo. Sospecho que mis conceptos de ciudad, acera, distancia y lejos o cerca no tienen sentido en California.
Ya estoy fuera. Saco la cámara pero de momento no hay dónde enfocar, ya no es tan fácil.