viernes, diciembre 30, 2011

martes, diciembre 27, 2011

jueves, diciembre 22, 2011

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Lo que aconsejo al lector es que cierre este libro, coja la cámara y baje a la calle a hacer fotos. A fin de cuentas es la única manera de aprender. No va a importar nada de lo que yo diga en este libro, ningún concepto, regla, técnica o explicación puede llevarnos a realizar fotografías que nos hagan felices, pero sí la práctica exhaustiva. No importa si poseemos una Nikon de miles de dólares o una simple camarita de teléfono de antepenúltima generación, como tampoco importará si nos creemos artistas o no lo somos en absoluto. Sólo importa que practiquemos. Que sigamos el impulso irracional de fotografiar a la cajera del supermercado, al abuelo, a la chica de tacones altos, a la tostada con mermelada, a la luz templorosa en la ventana, a la lluvia, a nuestro pie, a los cables de la luz, que demos rienda suelta a esos demonios y a todos los que surjan por el camino, ya sean los del color, los del blanco y negro, los del trípode o los del desenfoque, o cualquiera de los miles de laberintos en los que habremos de perdernos y que nos mantendrán insatisfechos por los siglos de los siglos. Mientras exista luz.

(de "La predicción y la espera")

Harlem

Recuerdas que al bajar del tren escuchaste los gritos en la calle y te pareció normal. Quizás dos meses antes te habrías asomado al rellano de la estación para comprobar que todo estaba bien pero no eran más que gritos pronunciados a lo máximo que dan los pulmones de un humano. Se escuchaba una réplica así que todo iba bien. Porque en Harlem lo peligroso es el silencio, no el ruido, y si alguien hace daño de veras el resultado es mudo. Pensando en eso bajaste las bonitas escaleras de la ciento veinticinco que tienen como adornos y espirales que dan cuenta de un pasado mejor -que no es verdad, lo sabías- y llegaste bajo ese puente donde todos los días veías mendigos con sus carritos y sus chepas y sus caras deformadas y su ausencia de dientes y te preguntaste, como aún lo haces a veces, por el feísmo de los pobres, y cómo es eso que los ricos casi siempre parecen guapos, por mucho asco que te diese la gomina y los Armani, y sin embargo hay tanto horror en los barrios humildes, y no hablamos de olores o ropa, hablamos de cosas que no se deciden, el color de los ojos, la simetría de la cara, la forma de los huesos, la estatura, esas cosas, y en tu cabeza no entraba ninguna explicación plausible que calmase la cuestión ni lo hizo en mucho tiempo. Bajo el puente, recuerdas, dos coches acababan de estrellarse y había un clásico episodio de furia al volante, gritos, insultos, saliva incontrolada, atasco, claxon, y no te habría sorprendido que mediase en todo aquello uno o dos bates de béisbol, pero tampoco era tu asunto así que cruzaste la calle mirando un neón que anunciaba cappuccinos en la esquina y pensabas en el cacao y en no acabar bajo las ruedas de uno de aquellos Ford amarillos. Ya en la acera te cubriste de la llovizna con el abrigo y caminaste con una prisa fingida que no te llevaba a ninguna parte, te cruzaste con dos o tres desfigurados, un yonqui, un vendedor de comidad Halal que repartía falafeles a dos dólares noventa y nueve centavos, un poli gordo con estos cinturones llenos de cosas léase pistola, linterna, bloc de notas, libro de multas, gafas de sol, esposas, porra, espray y varios cargadores, vamos un absurdo, y tras eso la esquina de Lexington con la bajada del metro, unos pocos paraplégicos allí refugiados de la lluvia, unos negros mirándole el culo descaradamente a dos mulatas que salían de una pizzería con pelucas rubias y jeans ajustados tres o cuatro tallas por debajo de lo ranozablemente sano, una mujer sin dientes discutiendo con un tipo de dos metros diez que no le quería dar una bolsa y ella le apuntaba con el dedo como si un poder ineludible le fuese a devolver la bolsa -y su contenido enigmático-, y cruzaste la calle de nuevo en ese ritmo de ciudad que nunca se detenía -no por aquel entonces-, bajo una farola rota, y te perdiste en el barrio, basura acumulada de siete y siete de la tarde, una hora fea -te dijiste a tí mismo-, de barrio pobre, quizás.

lunes, diciembre 19, 2011

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El principiante deberá olvidar la forma de las cosas, como se hace en pintura donde un coche ya no es un coche ni una calle es una calle ni el cielo está arriba o abajo. No hay personas ni texturas ni expresiones ni bordes ni nada de nada; imaginemos que tenemos una miopía enorme y sólo vemos manchas de color y luminancia, bandas de luz, sombras, azules, amarillos, verdes intensos, tramas, pintas y tonos. Ese será nuestro mundo fotográfico donde nos moveremos completamente ajenos al significado de las cosas. De esta forma, por poner un ejemplo, nosotros veremos un cuadro negro con una mancha blanca arriba y dos manchas alargadas abajo, más pequeñas; por lo tanto debemos ignorar no sólo que eso es una cara y dos manos sino al ser humano que hay tras ellas (en ellas).


(de "La predicción y la espera")

viernes, diciembre 16, 2011

perspective

jueves, diciembre 15, 2011

miércoles, diciembre 14, 2011

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Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de las mejores es sacar fotografías, actividad que debería enseñarse tempranamente a los niños, pues exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata de estar acechando la mentira como cualquier repórter, y atrapar la estúpida silueta del personajón que sale del número 10 de Downing Street, pero de todas maneras cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel sabía que el fotógrafo opera siempre como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba, sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar el tono distraído, la visión sin encuadre, la luz sin diafragma ni 1/250.

Julio Cortázar, Las babas del diablo

jueves, diciembre 08, 2011

miércoles, diciembre 07, 2011

lunes, diciembre 05, 2011

jueves, diciembre 01, 2011

eight legs

miércoles, noviembre 30, 2011

lunes, noviembre 28, 2011

viernes, noviembre 18, 2011

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Ahora vivo en Harlem y todo es diferente, las calles grises, la basura acumulada, la gente no sè còmo o porqué parece como castigada por la vida, marcada, tullida, un poco reventada, de mirada hosca y lata en la mano, deambulantes, chillones, rotos, desencajados a medias, de facciones cicatrizadas y robustas, de arrugas de nacimiento, de cortes aquí y allá hechos por un filo invisible -la vida-, gordos o escuálidos, sin mesura ni contento ni el menor brillo en ojos negros como la suela de un zapato viejo, que ni siquiera lo son sino un proyecto de oscuro deslucido tiempo atrás, color perdido, textura manoseada, olor a calle basurienta y periòdicamente vomitada y lavada con lejía y vuelta a vomitar y lavar hasta que ya no se distinga qué es qué o, peor, que sea lo mismo.

martes, noviembre 08, 2011

lunes, noviembre 07, 2011

jueves, noviembre 03, 2011

miércoles, noviembre 02, 2011

sábado, octubre 29, 2011

jueves, octubre 27, 2011

niños












lunes, octubre 24, 2011

jueves, octubre 20, 2011

hombres

miércoles, octubre 19, 2011

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He buscado en la fotografía y los viajes lo más hondo del espíritu humano, y no lo he encontrado.

Cuando caminas por un lugar incierto todo parece revelador pero en realidad no lo es. Simplemente no entiendes nada.

Lo que nos queda es geometría, color, forma, luz, movimiento, ritmo, eco, vacío, líneas y algo de desenfoque.

hombre

martes, octubre 18, 2011

domingo, octubre 09, 2011