miércoles, mayo 23, 2018

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en aquellos tiempos la Alianza Francesa estaba en la calle 60 y por eso tenías que caminar desde la estación de tren dos veces por semana hasta allí : subías tranquilamente por Vanderbilt, donde sin tregua se veían grandes cantidades de hombres y mujeres trajeados haciendo uso del happy hour poniéndose hasta las cejas de cerveza y mojitos : luego llegabas al tramo alrededor de la J.P.Morgan donde por tu propio bien tenías que esquivar a los repartidores de comida con sus bicicletas locas, sus bolsas de papel barato y sus teléfonos encajados en las cinta de los cascos : eran todos hispanos muy bajitos y morenos y algunos pensaban que no les entendías cuando hablaban : tampoco es que dijesen nada malo, pero eras invisible : llegabas a Madison y desde ahí subías : había tiendas de chocolate, dulces japoneses, alguna galería de arte y boutiques de ropa y zapatos : cerca de la 58 estaba la torre Trump donde el Presidente o su mujer pasaban el fin de semana de vez en cuando : se sabía si estaban o no porque veías mucha más policía, perros y tipos con pinganillos en la oreja y gafas de sol discretamente despistados en cada esquina de dos en dos : ah, y con chalecos antibalas bajo las camisas de cuadros : en una ocasión hasta viste cómo tres agentes revisaban un 4x4 aparcado, miraron hasta los ceniceros por si alguien planeaba un alunizaje; esto era lanzar un coche bomba contra una luna, lo cual sonaba hasta poético : te pareció contradictorio que los tres hombres llevasen una especie de estrella de sheriff de espagueti western con un cartel que ponía "servicio secreto" : ça n'a pas de sens

otro de aquellos días estabais comiendo junto al lago en Connecticut, con un sol de justicia (expresión original del Libro de Malaquías del 460 a.C., refiriéndose al Apocalipsis) cuando Oli comentó que el parte meteorológico había predicho lluvia abundante : el cielo estaba más azul que un príncipe de la Disney por lo que os reísteis a gusto del algoritmo imperfecto

pero más tarde hubo noticias de dos tornados en el condado de Putnam y otros dos en New Haven, muy cerca de donde estabais : volaron muchos árboles y se desintegraron los tejados de un Dunkin' Donuts y un centro comercial de construcción barata : un granero colapsó : bastante suerte considerando que en la escala Fujita los tornados tuvieron fuerza 2 (vientos entre 178 y 217 km/h) y el mayor de ellos llegó a medir 600 yardas y recorrió 9'5 millas :  vientos bíblicos aparte, llovió tanto que muchos árboles no lo soportaron y se cortó el servicio ferroviario por miedo a que algún fresno acabase en las vías : incluso se fue la luz en algunos puntos de Nueva York : no os quedó otra que regresar en taxi : sentado atrás, sufriendo los rigores del aire acondicionado, imaginaste la lluvia de donuts en la localidad de Kent, del condado de Putnam, durante el tornado : esa si que habría sido una buena predicción

también recuerdas que luego bajaste a comprar un Côtes du Rhône y tu paseo coincidió con la puesta de sol entre nubes negras y cristalinas : la ciudad fue por momentos apenas una mancha gris profunda y amarilla : tras la tormenta el silencio se reflejaba en los charcos : las cimas de los rascacielos ardían de brillo : el aire se respiraba acerado y húmedo : como en un sueño exhausto

jueves, abril 26, 2018

NY, 26


A veces sucede que alguien viene a la ciudad y me pregunta dónde ir, qué ver, dónde cenar, esas cosas. Es frecuente -sobre todo si es verano- que le recomiende ir a Coney Island porque me parece que el lugar aglutina -como un concentrado de tinta de calamar- todos los defectos y virtudes de Nueva York en apenas un par de millas cuadradas. Es una maravilla y un despojo que hay que experimentar, su comida basura es la peor, sus baños son los más sucios, sus aguas las peores, su parque de atracciones el más tedioso y lamentable de los que he visto en la vida, su concurso de comer perritos calientes el 4 de Julio es simplemente demencial y sus espectáculos de raros, deformes, freaks, son un delirio que roza lo delictivo hoy en día. Añadamos a esto el barrio ruso que tiene al lado, las peleas entre pescadores chinos y latinos, la cabalgata de sirenas, los implantes de silicona recauchutados en tipas hiperbronceadas, los gordos, las fritangas, los niños locos con patinetes, los mazas luciendo tríceps en las canchas arenosas de voleibol, mézclelo usted con cientos y cientos y más cientos de personas, música superpuesta aquí y allí, cometas y una bandera roja que no te deja bañarte a pesar de que te estás torrando.

Lo intrigante es que todos y cada uno de estos despropósitos serían dignos de evitar la visita pero todos juntos al unísono crean un ambiente idiota de placidez atemporal que seda los sentidos, amodorra las alertas morales, trastorna los juicios propios y ajenos, y todo en espiral acaba resultando en cierto disfrute culposo. Es una especie de "mierda, me estoy divirtiendo".

Por eso de combatir mi ignorancia me molesté en informarme un poco sobre el esta isla-que-no-es-isla. Coney Island significa "la isla de los conejos"- Eso es un "coney", o lo que viene siendo un Oryctolagus cuniculus. Y es gracioso esto porque el nombre de España significa lo mismo. Hispania, en latín, posiblemente deriva del cartaginés "i-shfania" (antes de las guerras púnicas la costa levantina era de Cartago) que significa también "isla de los conejos". Por eso las monedas de algunos emperadores romanos de origen hispano, como Adriano o Trajano, tenían por un lado la cara del emperador y por otro un conejo. Resulta que este animal es originalmente autóctono de la península ibérica y desde ahí se expandió al resto del planeta. Por poner un ejemplo, en Inglaterra no existían conejos hasta el siglo XII. Ah, no se confundan con las liebres.

Pero volvamos a Coney Island, por favor. En el siglo XVII el lugar era efectivamente una isla separada de Long Island por un brazo de arena que se cubría totalmente por las mareas. Fue descubierta en 1609 (el mismo año que Drebbel inventó el termostato y Galileo demostró el funcionamiento de su telescopio) y comprada por los holandeses en 1645 a los indios nativos, según se dice a cambio de una escopeta, una tetera y una manta. Al parecer, debido a la brisa marina, la vida en Coney Island era más agradable que en Long Island o Manhattan.

Tiempo después, en 1830 se levantó un puente entre la isla y tierra firme. Ahí empezó la leyenda de Coney Island porque poco a poco aparecieron varios hoteles para que la gente de la ciudad tuviese la ilusión de estar de vacaciones sin estarlo realmente. Había un barco de vapor desde Nueva York y carruajes desde Brooklyn (que eran ciudades separadas hasta el 1900). Un inventor americano llamado Samuel Colt, famosísimo por sus inventos en el área de los rifles y pistolas, intentó construir una torre en la isla en 1845 pero luego abandonó el tema porque cuando un ferry dio acceso a la isla en 1947 de repente el lugar dejó de ser cosa de ricos y empezaron los problemas, subió el crimen, se expandieron los negocios de baja estofa, la prostitución, el juego y las rarezas. Aún así cada vez había más hoteles en la Avenida Surf, que se describiría como "el cielo al final de un viaje en metro". Desde 1880 hasta la II Guerra Mundial los parques de atracciones que se montaron era los más grandes de Estados Unidos: Steeplechase Park, Luna Park y Dreamland. La zona empezó a llamarse "el paraíso de los pobres" o el "Imperio del Centavo" porque por ese precio podías comer un perrito caliente (que nació en un sitio llamado Feltman’s Restaurant, no en Nathan's) o un knish o pagar una atracción. Coney Island tuvo su primer carrusel en 1875 y una torre de hierro de 100 metros de altura en 1877. En 1884 se levantó la primera montaña rusa del mundo y en 1894 se fabricó una noria inmensa. Luego, alrededor de 1930 la isla dejó de serlo. Se fue drenando el terreno y se acabó por convertir todo en una península.

Por resumir, tras la II Guerra Mundial el sitio se vino abajo. Incendios, crimen organizado, bandas, cambio de gustos y todo tipo de problemas acabaron por quitarle parte del encanto veraniego y muchos hoteles cerraron, así como los parques de atracciones. Fred Trump -el padre del Presidente- compró una gran porción aprovechando el declive en 1964 e intentó tirarlo todo y construir casas para ricos. Pero fracasó, aunque ya sólo esa historia da para un libro porque el tipo hasta organizó un funeral para enterrar los parques de atracciones donde chicas en bikini te regalaban perritos calientes.

El declive fue muy serio hasta el 2003. En ese año la ciudad de Nueva York decidió reactivar la zona; el plan continúa hasta la actualidad.

(...)

Quiero que entiendan mi admiración por lo demencial de Coney Island con un ejemplo histórico: el Hotel Brighton Beach a finales del siglo XIX. Era un edificio inmenso de tres plantas con 174 habitaciones que había sido construido en la isla. Pero alguien la cagó y lo hizo demasiado cerca del agua por lo que el edificio se erosionaba mucho y hasta corría el riesgo de que -con marea alta- el agua le entrase por la puerta. Imagínense el percal. ¡Pero no hay problema que eso era Coney Island! En 1888 se tomó la decisión de mover el edificio de ocho millones de libras -unas cuatro mil toneladas- unos 600 pies tierra adentro, es decir, doscientos metros. Y bueno, la locura se convirtió en realidad y por tanto en maravilla. Después de liar la de dios, se las apañaron para mover el puto hotel, que siguió abierto -y ya bien seco- hasta 1923.

Esto, señores, es Coney Island. El lugar donde todo es posible por loco que parezca.

miércoles, abril 25, 2018

jueves, abril 05, 2018

miércoles, abril 04, 2018

martes, abril 03, 2018

un gato


lunes, abril 02, 2018

viernes, marzo 16, 2018

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A pesar de la brisa del mar y la arena fina, aquella playa cubana no olía a océano. Sentado en la toalla a solas cerraste los ojos y aspiraste hasta llenarte los pulmones y percibiste lejos un bouquet de rocas atlánticas mezclado con algo de maderas a la deriva, y quizás se adivinaba un minúsculo rastro de palmeras cocoteras y dunas y vegetación agostada. El verde turquesa caribeño estaba allí presente ante tus ojos como un horizonte plácido y calmo, obviamente líquido e irreal.

Te encontrabas a la sombra estrellada de una palmera, protegido del sol vertical matagallegos, cuando te percataste de la presencia de un señor silencioso en la base del tronco del árbol. Parecía forastero, quizás holandés o polaco o noruego-finés. Llevaba una gorra de lona y barba de tres días que le daban aspecto de recién despedido o persona en estado de crisis. Le dejaste en paz, pero mientras dibujabas la playa en aras del recuerdo no pudiste apartarle del pensamiento. Aquel señor, al igual que tú, al igual que todos, había dormido aquella noche y todas las noches en algún lugar. Tenía padres, vivos o muertos, conocidos o no. Seguramente amigos, dinero, algún lugar donde vivir, un oficio, anhelos, penas, secretos, misterios y una opinión sobre la pizza o la comida picante. Creía en algún dios, detestaba cosas, recordaba algún libro y admiraba a alguien -aunque no lo admitiese-. También tenía un nombre y una historia, sus antepasados quizás fuesen de la Eurasia o africanos o llegados de la isla de Pascua. El señor se levantó y se fue (con su historia).

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En el camino de ida a la playa viste a un chico negro joven guapo que iba con una señora rusa de nombre Svetlana, bastante mayor que él, baja, de pelo corto rubio. No hablaban. Parecía uno de esos casos de turismo sexual, quien sabe. El caso es que cuando acabó el viaje un americano que viajaba en grupo expresó su opinión sobre la pareja en alto. Dijo algo como que "era como una prostituta con un viejo, pero al revés". Te pareció injusto (como dijo el buen Bertrand Russell ya en su tiempo) que los que suelen ser juzgados como inmorales son las personas que venden su cuerpo y mucho menos los que utilizan su dinero para comprar a otra persona.

Por la tarde junto a un café pensaste en ello y quizás el chico negro, al igual que el hombre de la palmera, tuviese su historia y durmiese en algún sitio aquella noche. Y tuviese su opinión sobre la pizza y el picante. También Svetlana e incluso el americano maleducado carente de tacto. Todos tuvimos un motivo para hacer lo que hicimos, siempre. Cada uno de nuestros actos, desde los que consideramos importantísimos a los mecánicos (como rascarse una oreja), fueron precedidos de un pensamiento residual consecuencia de algo que a su vez vino de otra cosa y muchas, mezcladas, y que te llevó precisamente aquel día, en aquel instante concreto y no otro, a sonreír a un extraño que se cruzó contigo en la puerta del retrete espantoso de un bar de playa en Cuba, rodeados de palmeras y arena caliente y brisa marina que no olía a océano. Recuerdas que mientras aguantabas la respiración en el lavabo te sentiste abrumado por la maraña de ideas y por la posible conclusión de que ni la bondad ni la maldad existían realmente.

Y te mantuviste en aquella opinión hasta que volviste a leer un periódico.

gente en el Mar Muerto en 2009


jueves, marzo 15, 2018

NY, 25

Como hace poco fui en helicóptero sobre el río Hudson -al oeste de Manhattan- no pude dejar de fijarme asustado en la noticia de un accidente de uno de estos cacharros en el East River en Nueva York, algo más arriba de Roosevelt Island. En el suceso murieron cinco de los seis ocupantes, sólo el piloto se salvó. Una de las fallecidas fue una estudiante de Arte y Diseño argentina de 29 años, se llamaba Carla Vallejos Blanco.

Tras ver la noticia me quedé intranquilo y para distraer la cabeza me puse a leer sobre helicópteros y accidentes, sobre millonarios y compañías de importación de fruta, sobornos y Donald Trump. Sé que suena un poco loco pero el hilo conductor de todo esto fue un edificio de la ciudad donde estaban las oficinas de la Pan Am.

"Pan Am" era el nombre corto de la Pan American Airways Incorporated fundada en 1927 con la intención de llevar correo entre los Estados Unidos y Cuba. La aerolínea creció y creció hasta convertirse en la referencia mundial en viajes internacionales; tras la II Guerra Mundial fue la impulsora de los aviones comerciales con reactores y básicamente son bastante responsables de por qué hoy volamos como volamos.

En pleno apogeo la compañía ocupó en 1960 el Pan Am Building junto a Grand Central. Cuando acabaron de construirlo en 1963 era la superficie de oficinas más grande del mundo, siendo superada en 1971 por el World Trade Center. El alquiler de las 15 plantas de la compañía de aviación costaba 115 millones al año; el contrato se hizo por un cuarto de siglo. Se encargó entonces a IBM una computadora que manejase todo el sistema de reservas, vuelos y hoteles. El gigantotrasto que hizo IBM en la época fue tan grande que ocupó completamente el piso 40; se llamaba PANAMAC.

En 1975 un director ejecutivo de origen polaco llamado Eli M. Black rompió con su maletín una ventana del piso 44 y se suicidó tirándose a Park Ave. Este señor trabajaba para una empresa de importación de fruta llamada United Fruit Company, fundada en 1871. Lo crean o no, la semi-ignorada historia de esta firma es apasionante y terrible. Para que se hagan una idea, en 1928 varios miles de trabajadores colombianos de esta compañía organizaron una protesta por las condiciones de trabajo en Ciénaga, Magdalena (cerca de Santa María). El gobierno de los Estados Unidos amenazó con mandar a los marines para proteger los intereses de la United Fruit Company y el gobierno colombiano, presionado por todos lados, acabó por zanjar el asunto ordenando disparar sobre los huelguistas. Murieron unas 1800 personas en la llamada "Masacre de las Bananeras". Tragedia. Pero bueno, estábamos con el señor Black. Unos días antes de su vuelo final desde el Pan Am una comisión del gobierno había descubierto que éste había intentado (y conseguido) sobornar con dos millones y medio de dólares al nefasto presidente golpista de Honduras, Oswaldo López Arellano, para que bajara los aranceles de exportación de bananas y plátanos. Le pillaron y se mató; por cierto, por poco no cae sobre unos moteros que estaban allí parados. En fin, la compañía frutera se cambió de nombre a "Chiquita" y en la actualidad ha sido acusada de tener lazos con grupos paramilitares colombianos, cooperar con carteles de droga, contaminar el medioambiente de forma indiscriminada, soborno a funcionarios, evasión fiscal y violación de los derechos de los trabajadores. Vamos, como para comerse un plátano.

Volviendo al edificio Pan Am, éste tenía un servicio de helicópteros que te llevaban al aeropuerto JFK. Todo sonaba fantástico para los ejecutivos, en vez de sufrir el tráfico les pareció mucho mejor ir volando. Si, pero en 1977 después de haber aterrizado, uno de los soportes de las ruedas del Sikorsky S-61L que usaban se partió por estrés. El helicóptero se cayó de lado mientras los rotores aún giraban, al dar en el suelo las aspas salieron volando. Una mató a cuatro hombres que esperaban en la plataforma (a uno literalmente lo partió en dos). Otra acabó clavada en una oficina. La tercera salió volando desde el edificio y mató a una chica de 29 años del Bronx que esperaba el bus en la calle 43 con Madison Avenue.

Y bueno, desde aquella está prohibido a los helicópteros el pasar por encima de la ciudad con algunas excepciones como los de la policía o el de algún hospital. Y por eso todos los vuelos de turistas son por encima del río.

Al final no sé si saqué mucho en claro de todo esto. Por no dejar el tema abierto diré que Pan Am, a pesar de haber sido la compañía más grande de su época, se fue a la mierda en 1991 por una nube de motivos: crisis energética, malas decisiones estratégicas y la compra en mal momento de una flota de Boeing 747. Para hacernos una idea, es como si ahora mismo Apple se va a la bancarrota: parece impensable pero así es el mundo de los negocios.

Así que en 2005 Metlife vendió el edificio entero por 1.720 millones de dólares. Su dueño actual es el multimillonario Donald Bren. Ya sé que no viene a cuento pero la mujer de éste señor es 34 años más joven que él. Y hablando de ricachones, Donald Trump, a finales de los ochenta, intentó reactivar el servicio de helicópteros en Nueva York; sobra decir que fracasó.


viernes, marzo 02, 2018

jueves, marzo 01, 2018

miércoles, febrero 21, 2018

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ACTO 1

-¿Cuánto nos va a costar la carrera?
-Tengo que preguntar.

El taxista no duda en sacar un walkie-talkie mientras sale del aparcamiento usando el volante con una sola mano temblorosa. Tiene la voz rota, cortada, como de un afónico perpetuo. Me fijo en él: aparenta sesenta y muchos mal llevados, la piel entre rosada y curtida, sin asear, con restos de pelo engominados y peinados hacia atrás.

-Tengo a dos personas que val al 250 ¿cuánto les cobro?

Salvo un zumbido no hay respuesta ni taxímetro, de forma que dice inclinando la cabeza:

-Miren, serán como diez dólares. Más cuatro por ser dos.
-Vale, está bien.

Unos instantes de silencio mezclados con el ronroneo del coche automático y el sonido de la calefacción a tope. Empiezo a sudar.

-¿De dónde son ustedes?
-De Argentina y España. ¿Y usted? ¿Es de aquí?
-No, soy de Northport. Donde viven los ricos, ustedes saben. Bueno, también hay gente pobre que vive en casas pequeñas y sirve a los ricos y yo soy uno de esos.

Más silencio y aire acondicionado.

-¿Saben? Yo también viajé una vez. Fui a las Bahamas. Recuerdo que al llegar bajé del hotel y me tomé una copa. Allí conocí a un tipo que acababa de perder doce mil dólares en el casino. De modo que acabé mi bebida, me di un baño en el mar, fui a zamparme una buena cena y tras todo eso me planté en el casino porque ya había sido un buen día y nada podía arruinarlo.
-¿Y tuvo usted suerte?
-Conduzco un taxi ¿usted qué cree?
-Ya.
-Además, tengo esa manía de comer a diario.
-Si, yo también.
-Es contagioso, como diría mi mujer -Un instante de duda, como que recuerda algo- La pobre tiene cáncer.
-Vaya, lo lamento.
-Ya es la segunda vez que paso por esto. Mi primera esposa murió de un tumor y ahora vuelvo a estar en las mismas... ¡Ah! ya hemos llegado.
-Muchas gracias.
-Son catorce.

Le damos veinte, nos devuelve cuatro.


ACTO 2

Regresamos caminando por los barrios residenciales de casa jardín bandera tan típicos de los Estados Unidos, 4x4, cortadora de césped, no traspasar, cuidado perro, Dios bendiga América, Happy Christmas, Welcome, de tejados de dos y cuatro aguas, porche, muros de madera o fibrocemento, pérgolas y canastas de baloncesto en el garaje y más casas y casas y una iglesia a lo lejos y postes de la luz torcidos y un contenedor de agua gigante y bocas de riego y semáforos colgantes y no nos cruzamos con nadie en 29 minutos salvo una china en una pickup marca Ford. Llegamos a una calle de doble carril con delis filipinos, templos hindúes y sikh y muchos negocios de comida basura o para hacerse las uñas. También hay un Wendy's y talleres mecánicos y un diner de techo plateado en el que entramos a mear.

ACTO 3

Los diner nunca decepcionan y por $14.95 nos tomamos cuatro magdalenas, dos tostadas con mantequilla y mermelada de fresa y arándano, un café americano, un té con limón, unos huevos con patatas aplastadas, un sandwich doble de queso, ensalada de col y un pepinillo. Para completar el ambiente el suelo es de moqueta, sirven el café en jarras de cristal y los asientos en fila parecen sacados de una película de Clint Eastwood. Hay una máquina de discos y al fondo un cuadro que merece la hoguera más brillante. El lugar es tan espantoso que es bonito. La mujer que nos cobra lleva botas negras de tacón estilo mercadillo y es griega. Cierro los ojos y recuerdo en un milisegundo el barrio de Plaka, los perros, las calles desordenadas de Atenas oliendo a souvlaki bajo una brisa mediterránea, siendo verano, dos décadas atrás, cuando aún existían las Torres Gemelas y Nueva York era todavía un sueño.


sin título


lunes, febrero 12, 2018

jueves, febrero 08, 2018

miércoles, febrero 07, 2018

martes, febrero 06, 2018

NY, 24


La mañana del 8 de enero del año 1877 un oficial de policía de la ciudad de Nueva York llamado John McDowell se encontraba haciendo su ronda en la zona de Hell's Kitchen. Fue entonces cuando vio que alguien estaba robando en una licorería, la Courtney’s Liquor Store. John intentó atrapar a los ladrones pero a cambio se llevó un tiro. Tuvo suerte, sólo le volaron la oreja izquierda y encima consiguió detener a uno de ellos, un tarado llamado George Flint.

A pesar del disparo recibido el señor McDowell se recuperó un tiempo después (aunque sin oreja, obvio). Como reconocimiento al valor el Departamento de Policía (NYPD) buscó a un artista que diseñase una medalla y acabó por realizar el encargo a un tal Louis Comfort Tiffany que trabajaba para la empresa de su padre llamada Tiffany & Co. Años después de diseñar esto, Louis se haría famoso por sus lámparas, la joyería y por el cristal favrile que inventó, entre otras cosas.

Aquella insignia diseñada por el señor Tiffany no pasó desapercibida y en 1909 uno de los equipos de baseball locales, los Highlanders, empezaron a usarlo como logo en sus uniformes. En 1913 cambiaron su nombre por el que todos conocemos, es decir, los Yankees.

No tengo ni la menor idea de cómo la imagen de un equipo de baseball americano llegó a colarse en mi infancia en Galicia; lo que recuerdo es que exhibían una gorra azul con el famoso logo en blanco en una tienda de deportes frente a mi colegio y me traía loco. Cada día me paraba en el escaparate a mirarla pero era cara y jamás pude ahorrar para comprarla. Pero no la olvidé; años después -ya pasados los veinte- una chica con la que salía me sugirió que fuésemos a Portugal de viaje veraniego, esto significaba playa, vino verde y bocatas de sardinas en plan cutre. Fue entonces cuando por fin me compré mi primera gorra de los Yankees. Dos pájaros de un tiro: protegerse del sol y cumplir un sueño. En fin, bajamos en tren a Vila Praia de Âncora desde Santiago de Compostela y aquel primer día olvidé la dichosa gorra en el tren. Sin comentarios.

Mi segunda gorra de los Yankees la tuve años después. La compré en Madrid, era azul gastada con el logo de Tiffany en negro, para ir a Cuba. Me habían dicho que en el Caribe el sol era infernal e hice lo propio. Volé. Aterricé. Dejé las cosas en una casa/hotel. Salí a la calle a hacer fotos -con mi gorra puesta- y según giré la primera esquina vi a un grupo de niños jugando al baloncesto con unas bolsas de plástico atadas a modo de pelota. Aquello ni botaba pero se lo pasaban bien. Me quedé mirándoles y me sentí mal con mi cámara de cuatro mil dólares colgando a un lado. Uno de los niños se acercó y me preguntó si le regalaba mi gorra. Por supuesto, se la di sin dudar aunque le quedaba grande.

Compré mi tercera gorra de los Yankees antes de ir a Tanzania con mi hermano. Hace mucho sol en la sabana, dijeron, y era cierto. Volamos desde España a Etiopía y yo con mi gorra. Desde Adís Abeba, a Tanzania. Aterrizamos en la ciudad equivocada (esa es otra historia) y tuvimos que coger un ferry en Dar es Salaam para llegar a Zanzíbar. A pesar del ramadán y que no podíamos comer en público estaba feliz y le dije a Javi que salía a popa a hacer fotos del Índico. El mar estaba precioso. Pero bueno, el ferry iba muy rápido y mi gorra salió volando y se perdió en las aguas.

Uno de los motivos por los que vine en persona a Nueva York fue para comprar mi cuarta -y última- gorra de los Yankees. Con ella viajé a muchos países por todas partes del mundo y me pasó de todo. Últimamente en la propia Manhattan nunca la llevo puesta desde que descubrí que me da vergüenza.

Ahora uso una de Columbia.  

un hombre subiendo unas escaleras


lunes, febrero 05, 2018

viernes, febrero 02, 2018

miércoles, enero 31, 2018

NY, 23


La próxima vez que a usted le encarguen diseñar un rascacielos le recomiendo que dé un paseo por Lexington Avenue en Nueva York y se detenga a mirar el Chrysler Building. Puede gustarle o no, eso no es relevante aquí. Lo que quiero es que se fije en el hecho de que es un edificio altísimo con una cúpula especial, gárgolas a los lados y una estructura que potencia lo horizontal, es decir, que ladrillos y ventanas son alargadas de derecha a izquierda y no de arriba abajo.

Sepa usted que en la vida existen muchas y curiosas ilusiones ópticas. Una de ellas es que si una persona apila un montón de cajas horizontales, se sienta en la base y mira arriba, le va a parecer que las últimas cajas son mayores que las de la base. Da igual que sepa que son idénticas, eso es lo que verá.

En la antigua Grecia ya se sabía mucho de ilusiones de modo que cuando Ictino y Calícrates levantaron el Partenón para hacerlo perfecto a la vista lo pensaron con medidas imperfectas. Si usted mide la distancia entre sus columnas resulta que no es regular pero ese desajuste equilibra la vista y crea armonía. Exactamente la misma idea se encuentra presente en el edificio Chrysler. Su arquitecto, Willliam van Allen, realizó una corrección visual añadiendo las gárgolas, en especial las de abajo -de la planta 31- que son imperfectamente inmensas. Su función no es otra que interrumpir nuestra mirada cuando ésta se desliza por la fachada y generar la sensación de que la base es mucho más ancha de lo que es en realidad. Adiós al problema óptico. Las de arriba vuelven a interrumpir el flujo visual y le preparan a usted para el disfrute de la cúpula sin permitirle mezclar todo. Es decir, dan estructura, composición y ritmo. Casi como un jardín zen.

Seamos claros, las gárgolas propiamente dichas en realidad no lo son. Una gárgola de verdad no es ni más ni menos que una cañería diseñada para que el agua de un tejado no caiga por el muro y en vez de eso salga despedida -como un grifo- un poco más lejos. Ya existían en la antigüedad pero las famosas son las medievales porque en muchas catedrales góticas se camufló esta función prosaica con esculturas de criaturas aladas, demonios, aves, harpías y seres mitológicos variados. La palabra procede del latín "gargula" que se relaciona con hacer gárgaras y garganta. Es, por tanto, onomatopéyico; evoca el sonido del agua saliendo.

Si usted se pusiese quisquilloso, el término más exacto para estas esculturas del Chrysler sería "acrotera": en la arquitectura etrusca, griega y romana eran elementos -a veces estatuas- colocados para proteger el edificio y ahuyentar a los malos espíritus o influjos. Igual que vestir luto o tapar espejos. Fíjese usted que Nueva York está plagado de protecciones y salvaguardas.

Misticismos aparte, las acroteras más visibles del Chrysler son las de la planta 31 y las de la planta 61. Las de arriba son águilas de tres metros. Las de abajo son réplicas de las decoraciones del capó de los vehículos Chrysler de 1926 (el modelo "Imperial").

Las águilas fueron esculpidas por un señor llamado Kenneth Lynch cuya obra posiblemente conozca usted. Fallecido en 1989, había empezando en el ejército poniendo herraduras para las unidades de caballería en los años 20. Fue el autor de las puertas de la catedral de St. Patrick en Nueva York, así como alguna de las famosas lámparas de Tiffany, los anillos que rodean al Atlas en el Rockefeller Centre o los bancos para sentarse en Central Park. Las águilas que hizo fueron un guiño a uno de los símbolos americanos: el águila calva, que figura incluso en el Escudo Nacional desde 1782 (para disgusto de Benjamin Franklin que se opuso a ello sin mucho éxito). El pobre animal casi se extingue en el siglo XX.

Los adornos de capó gigantes fueron diseñados en 1924 por Oliver Clark y posteriormente se convertirían en el logo de la empresa. Están fuertemente inspirados en el casco alado del dios romano del comercio, Mercurio ("merx" significa mercancía en latín) que a su vez estaba inspirado en el dios griego Hermes (el veloz heraldo de los dioses) que a su vez estaba inspirado en la deidad lunar egipcia Tot (también se escribe "Thoth") que -y de ahí vienen las alas- tenía cabeza de pájaro. Si usted vive en Nueva York podrá ver una representación en el Museo Metropolitano, visite la galería 134. Según se entra a la derecha.

La chica de la foto, por cierto, se llamaba Margaret Bourke White. Nacida en Nueva York, fue la primera mujer reportera de guerra. Hizo esa foto mientras trabajaba para Otis, la compañía de puso los ascensores en el Chrysler. Trabajó para la revista Life donde la apodaban "Maggie la Indestructible" tras sobrevivir a un torpedeo en el Mediterráneo, ser ametrallada por la Luftwaffe, abandonada en una isla desierta en el Ártico, bombardeada en Moscú y salir ilesa de un accidente de helicóptero en Virginia. Al final de la II Guerra Mundial fotografió campos de concentración nazis y tras eso presenció los dramas de la separación de la India y Pakistan. En 1948 estuvo con Gandhi horas antes de que fuese asesinado, lo cual curiosamente no se menciona en las exposiciones de Henri Cartier-Bresson (que también estaba y se hizo famoso por ello). Margaret murió de parkinson en 1971.

sin título


martes, enero 30, 2018

lunes, enero 29, 2018

viernes, enero 26, 2018

jueves, enero 25, 2018

NY, 22


Esa es una imagen del Carpanthia en el Pier 54 de Nueva York después de dejar a los 705 supervivientes del Titanic. Murieron 1514 personas en el naufragio. Originalmente el destino del trasatlántico era el Pier 59 pero obviamente jamás llegó a puerto. Corría el año 1912.

De ese mismo muelle poco después (en 1915) zarparía el Lusitania y sería hundido por un submarino alemán, lo que acabó provocando la entrada de USA en la I Guerra Mundial.

En 1918 este buque de la foto también fue hundido por un submarino alemán.

sin título


miércoles, enero 24, 2018

martes, enero 23, 2018

lunes, enero 22, 2018

viernes, enero 05, 2018

miércoles, enero 03, 2018

martes, enero 02, 2018