miércoles, febrero 21, 2018

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ACTO 1

-¿Cuánto nos va a costar la carrera?
-Tengo que preguntar.

El taxista no duda en sacar un walkie-talkie mientras sale del aparcamiento usando el volante con una sola mano temblorosa. Tiene la voz rota, cortada, como de un afónico perpetuo. Me fijo en él: aparenta sesenta y muchos mal llevados, la piel entre rosada y curtida, sin asear, con restos de pelo engominados y peinados hacia atrás.

-Tengo a dos personas que val al 250 ¿cuánto les cobro?

Salvo un zumbido no hay respuesta ni taxímetro, de forma que dice inclinando la cabeza:

-Miren, serán como diez dólares. Más cuatro por ser dos.
-Vale, está bien.

Unos instantes de silencio mezclados con el ronroneo del coche automático y el sonido de la calefacción a tope. Empiezo a sudar.

-¿De dónde son ustedes?
-De Argentina y España. ¿Y usted? ¿Es de aquí?
-No, soy de Northport. Donde viven los ricos, ustedes saben. Bueno, también hay gente pobre que vive en casas pequeñas y sirve a los ricos y yo soy uno de esos.

Más silencio y aire acondicionado.

-¿Saben? Yo también viajé una vez. Fui a las Bahamas. Recuerdo que al llegar bajé del hotel y me tomé una copa. Allí conocí a un tipo que acababa de perder doce mil dólares en el casino. De modo que acabé mi bebida, me di un baño en el mar, fui a zamparme una buena cena y tras todo eso me planté en el casino porque ya había sido un buen día y nada podía arruinarlo.
-¿Y tuvo usted suerte?
-Conduzco un taxi ¿usted qué cree?
-Ya.
-Además, tengo esa manía de comer a diario.
-Si, yo también.
-Es contagioso, como diría mi mujer -Un instante de duda, como que recuerda algo- La pobre tiene cáncer.
-Vaya, lo lamento.
-Ya es la segunda vez que paso por esto. Mi primera esposa murió de un tumor y ahora vuelvo a estar en las mismas... ¡Ah! ya hemos llegado.
-Muchas gracias.
-Son catorce.

Le damos veinte, nos devuelve cuatro.


ACTO 2

Regresamos caminando por los barrios residenciales de casa jardín bandera tan típicos de los Estados Unidos, 4x4, cortadora de césped, no traspasar, cuidado perro, Dios bendiga América, Happy Christmas, Welcome, de tejados de dos y cuatro aguas, porche, muros de madera o fibrocemento, pérgolas y canastas de baloncesto en el garaje y más casas y casas y una iglesia a lo lejos y postes de la luz torcidos y un contenedor de agua gigante y bocas de riego y semáforos colgantes y no nos cruzamos con nadie en 29 minutos salvo una china en una pickup marca Ford. Llegamos a una calle de doble carril con delis filipinos, templos hindúes y sikh y muchos negocios de comida basura o para hacerse las uñas. También hay un Wendy's y talleres mecánicos y un diner de techo plateado en el que entramos a mear.

ACTO 3

Los diner nunca decepcionan y por $14.95 nos tomamos cuatro magdalenas, dos tostadas con mantequilla y mermelada de fresa y arándano, un café americano, un té con limón, unos huevos con patatas aplastadas, un sandwich doble de queso, ensalada de col y un pepinillo. Para completar el ambiente el suelo es de moqueta, sirven el café en jarras de cristal y los asientos en fila parecen sacados de una película de Clint Eastwood. Hay una máquina de discos y al fondo un cuadro que merece la hoguera más brillante. El lugar es tan espantoso que es bonito. La mujer que nos cobra lleva botas negras de tacón estilo mercadillo y es griega. Cierro los ojos y recuerdo en un milisegundo el barrio de Plaka, los perros, las calles desordenadas de Atenas oliendo a souvlaki bajo una brisa mediterránea, siendo verano, dos décadas atrás, cuando aún existían las Torres Gemelas y Nueva York era todavía un sueño.


sin título


lunes, febrero 12, 2018

jueves, febrero 08, 2018

miércoles, febrero 07, 2018

martes, febrero 06, 2018

NY, 24


La mañana del 8 de enero del año 1877 un oficial de policía de la ciudad de Nueva York llamado John McDowell se encontraba haciendo su ronda en la zona de Hell's Kitchen. Fue entonces cuando vio que alguien estaba robando en una licorería, la Courtney’s Liquor Store. John intentó atrapar a los ladrones pero a cambio se llevó un tiro. Tuvo suerte, sólo le volaron la oreja izquierda y encima consiguió detener a uno de ellos, un tarado llamado George Flint.

A pesar del disparo recibido el señor McDowell se recuperó un tiempo después (aunque sin oreja, obvio). Como reconocimiento al valor el Departamento de Policía (NYPD) buscó a un artista que diseñase una medalla y acabó por realizar el encargo a un tal Louis Comfort Tiffany que trabajaba para la empresa de su padre llamada Tiffany & Co. Años después de diseñar esto, Louis se haría famoso por sus lámparas, la joyería y por el cristal favrile que inventó, entre otras cosas.

Aquella insignia diseñada por el señor Tiffany no pasó desapercibida y en 1909 uno de los equipos de baseball locales, los Highlanders, empezaron a usarlo como logo en sus uniformes. En 1913 cambiaron su nombre por el que todos conocemos, es decir, los Yankees.

No tengo ni la menor idea de cómo la imagen de un equipo de baseball americano llegó a colarse en mi infancia en Galicia; lo que recuerdo es que exhibían una gorra azul con el famoso logo en blanco en una tienda de deportes frente a mi colegio y me traía loco. Cada día me paraba en el escaparate a mirarla pero era cara y jamás pude ahorrar para comprarla. Pero no la olvidé; años después -ya pasados los veinte- una chica con la que salía me sugirió que fuésemos a Portugal de viaje veraniego, esto significaba playa, vino verde y bocatas de sardinas en plan cutre. Fue entonces cuando por fin me compré mi primera gorra de los Yankees. Dos pájaros de un tiro: protegerse del sol y cumplir un sueño. En fin, bajamos en tren a Vila Praia de Âncora desde Santiago de Compostela y aquel primer día olvidé la dichosa gorra en el tren. Sin comentarios.

Mi segunda gorra de los Yankees la tuve años después. La compré en Madrid, era azul gastada con el logo de Tiffany en negro, para ir a Cuba. Me habían dicho que en el Caribe el sol era infernal e hice lo propio. Volé. Aterricé. Dejé las cosas en una casa/hotel. Salí a la calle a hacer fotos -con mi gorra puesta- y según giré la primera esquina vi a un grupo de niños jugando al baloncesto con unas bolsas de plástico atadas a modo de pelota. Aquello ni botaba pero se lo pasaban bien. Me quedé mirándoles y me sentí mal con mi cámara de cuatro mil dólares colgando a un lado. Uno de los niños se acercó y me preguntó si le regalaba mi gorra. Por supuesto, se la di sin dudar aunque le quedaba grande.

Compré mi tercera gorra de los Yankees antes de ir a Tanzania con mi hermano. Hace mucho sol en la sabana, dijeron, y era cierto. Volamos desde España a Etiopía y yo con mi gorra. Desde Adís Abeba, a Tanzania. Aterrizamos en la ciudad equivocada (esa es otra historia) y tuvimos que coger un ferry en Dar es Salaam para llegar a Zanzíbar. A pesar del ramadán y que no podíamos comer en público estaba feliz y le dije a Javi que salía a popa a hacer fotos del Índico. El mar estaba precioso. Pero bueno, el ferry iba muy rápido y mi gorra salió volando y se perdió en las aguas.

Uno de los motivos por los que vine en persona a Nueva York fue para comprar mi cuarta -y última- gorra de los Yankees. Con ella viajé a muchos países por todas partes del mundo y me pasó de todo. Últimamente en la propia Manhattan nunca la llevo puesta desde que descubrí que me da vergüenza.

Ahora uso una de Columbia.  

un hombre subiendo unas escaleras


lunes, febrero 05, 2018

viernes, febrero 02, 2018