miércoles, diciembre 13, 2017

viernes, diciembre 08, 2017

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> Te habías preparado toda la vida para presenciar algo sobrenatural que jamás llegaba y cuando lo hizo fue -por imposición lógica- incomprensible. Algo bastante simple: caminabas por el andén de la estación de tren de North White Plains, en el Estado de Nueva York, una noche de noviembre. Miraste al cielo y viste la luna maravillosa rodeada de nubes estáticas y un aura iridiscente formando un anillo alrededor del satélite. Era bastante espectacular y le hiciste una foto. Bajaste la vista, alguien te dijo algo, respiraste siete u ocho veces y volviste a mirar. El cielo estaba con la luna en medio completamente despejado. No había viento.

> Cecilia y tú os subisteis a aquel taxi conducido por un sherpa nepalí que tenía miedo de las montañas y ahorraba para poner una gasolinera en Katmandú y tenía un negocio de cabras y trabajaba quince horas al día para levantarlo todo y ahorrar; entonces mencionó que había ido al casino y perdido tres mil dólares y le gustaba comer allí, juntar cosas, beber whisky y que su novia no le decía nada porque ella misma había palmado aún más pasta. Al cruzar con el coche por Times Square le pareció todo divertidísimo.

> En el aeropuerto de Linden, Nueva Jersey, os montasteis en un helicóptero pequeñito pintado de oscuro. Sólo cabían cuatro personas, dos delante y dos atrás. El ruido infernal de los rotores lo dejaste de oír cuando te pusiste aquellos cascos de copa. Se escuchaban las conversaciones de radio de la torre de control de Newark, la voz apagada de los controladores, la jerga técnica de paso-cebra alpha 252 permiso para despegar, charly abre punto pelota chisme. Cuando el aparato despegó no sentiste nada. Es decir, esperabas sentir mareo o algún tipo de fuerza motriz o aceleración o algo, pero no; era como si el mundo hubiese decidido moverse, sin más. Y de esa forma el Universo se fue desplazando a vuestro alrededor y se alejó y pudísteis ver Staten Island y la desembocadura del Hudson y el sur de Manhattan y miles y miles de edificios -todos al compás- hasta Central Park. Ahí el planeta decidió dar la vuelta y regresar. Suavemente, como si nunca hubiese pasado nada, se colocó en su sitio unos minutos después.

Recuerdas que el piloto llevaba una cazadora de piloto. Muy conveniente -pensaste-.

> Ya que teníais alquilado aquel coche os fuisteis por Nueva Jersey tierra adentro a explorar. Tras varias horas de road trip sacasteis la conclusión que en esa parte de América el ranking de cosas/lugares/eventos era el que sigue: ganaban por goleada los negocios de reventa de coches usados; en segundo puesto había un empate entre iglesias y casas de striptease, siempre cerca unas de las otras. Tras eso una pléyade de McDonadls, Dunking Donuts, Wendy's, Subways, Starbucks, gasolineras y algún que otro diner tradicional. En último lugar, pero no en números despreciables, psíquicos paranormalistas. Ah, y gente.


> "A pesar de que todos los días veías largas colas grises de gente entrando y saliendo del tren, masas en movimiento fluido y constante, desindidualizadas y anónimas, por algún motivo y siendo parte objetiva de ellas mismas, nunca te identificaste como parte de tales.

Esa sensación la denominaste Principio de Ausencia según el cual tu condición de sujeto te eximía de cualquier agrupamiento; de forma que jamás eras turista aunque viajases, no eras emigrante a pesar de vivir y trabajar en extranjero y de milagro eras español y gallego, siendo aquellas condiciones ineludibles que nunca conseguiste soslayar.

Por esa misma mecánica no conseguías disfrutar en los partidos, ni los de tu equipo favorito ni en los que participabas físicamente sudando y corriendo pero sin tener claras las motivaciones que se presuponían; amargabas los cumpleaños al más pintado, constituías un lamentable compañero de navegación, un desastroso copiloto, un fiasco de comensal, huésped, público, fan, seguidor, pasajero, invitado de boda o cualquier cosa que requiriese cierto gregarismo pasivo o una dosis de pertenencia silenciosa y cabal.

Por tanto estableciste el Principio de Ausencia como condición fundamental para la fotografía. Existía para ti una contradicción irresoluble entre el acto de acudir a una fiesta y la dicotomía resultante de pretender divertirse con los invitados y al mismo tiempo hacer fotos del asunto. Simplemente no podías imaginar qué clase de persona podría tomarse un malbec mendocino mientras discutía sobre Calvino o Becket o Cortázar y a la vez estar fijándose en las circunstancias de luz y hacer predicciones espaciotemporales acerca de los elementos en escena y, por supuesto, estar convenientemente preparado para su culminación. Habiendo aceptado eso, cuando te hacían un encargo o te proponías una serie fotográfica ya asumías una variable y un fijo. La variable eran las fotos, podían ser mejores o peores dentro de un rango y la suerte -por mucho que alguno se opusiese- también contaba; el fijo era que -cámara aparte- tú no sentirías absolutamente nada (como al ir en helicóptero)."

(fragmento de "La predicción y la espera")

martes, diciembre 05, 2017

NY, 20

Ya estoy de regreso en Nueva York con mi mochila y un importante desajuste horario. Cuando volvía en el bus atravesando Brooklyn pensaba que es un poco raro que esto sea mi casa ahora, aunque nunca será casa casa. Lo sé porque vivimos junto al Empire State y todos los días que miro arriba y lo veo recuerdo sin excepción cuando trabajaba en Santiago y pasaba por delante de la catedral. Yo no sé si es el ser gallego o qué pero le pega mil vueltas a este edificio de pacotilla del que sólo me gustan algunos detalles art déco y su historia de película, como que la antena esa gigante que tiene se la pusieron más de veinte años después de acabarlo porque originalmente tenía un mástil de amarre de dirigibles. No es broma, el piso 102 era una plataforma de aterrizaje para zeppelines. Al genio que se le ocurrió esta locura no se le pasó por la cabeza ni el viento oceánico que hay a más de 350 metros sobre Manhattan ni que el edificio, como todos, se bambolea y no había dios que amarrase, así que tuvieron que descartar la idea. ¿No habría sido maravilloso?

Otra historia increíble es que en 1945 un inmenso bombardero B-25 que volaba en la niebla se estrelló con el edificio, a eso del piso 80. La mitad el avión salió despedida y arrasó un ático cercano. La otra mitad en llamas se desplomó al vacío y por el hueco de uno de los ascensores del Empire State llevándose consigo a la pobre ascensorista Betty Lou que hasta hoy en día tiene el récord Guinnes de sobrevivir a la caída más alta en un edificio: 75 pisos y salió a gatas entre el fuego.

Pero la más fantástica de las historias fue un intento de suicido en 1979. Elvita Adams saltó como loca al vacío desde el piso 86 pero hacía tanto viento que salió volando y -tachán- volvió a entrar por una ventana un piso más abajo. Se hizo daño en la cadera.

Esto es América. En chino lo llaman el país bonito, Mĕiguó 美国. Puede tener algunas cosas malas pero belleza no le falta; aunque catedral la de Santiago y murallas las de Lugo.

lunes, diciembre 04, 2017

viernes, noviembre 17, 2017

martes, noviembre 07, 2017

lunes, noviembre 06, 2017

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Volamos en este preciso instante sobre el Atlántico Norte, el cielo es azul cobalto y el horizonte un ocaso interminable que  nos lleva acompañando por horas. Veo el mar y sobre él una capa de nubes que flotan suspendidas formando una muralla imposible, gris, oscura, casi negra, y bajo ellas se adivina una tormenta, olas de siete metros, espuma, vientos árticos y una violencia que parece un bombardeo.

Me duele el cuello de tanto mirar por la ventanilla; el avión -un Airbus a321- huele a Doritos de estos con sabor tex mex, y eso es porque un niño de cuatro años se sienta detrás de mi y los va destrozando. A veces me pega patadas, grita, zarandea mi asiento, está medio loco, es como si tuviese mi jodida turbulencia personalizada.

Me concentro en la puesta de sol. En los pies descalzos sobre la moqueta, en el espacio exiguo, en las pelusas de la manta, en ir a novecientos kilómetros por hora respecto a un mar casi congelado donde si nos estrellásemos lo de menos serían los sies mil galones de combustible o el propio impacto contra el agua: la palmaríamos de frío, ahogados por la sal o incluso peor, atropellados por algún atunero de bandera danesa que nos arrollaría sin enterarse.

Es curioso que cuando empecé a viajar siempre volaba en ventanilla. Me pasaba las travesías como la de hoy sin poder leer o ver una película. Luego me hice viejo y gravité al pasillo. Se duerme peor pero si tienes que mear sólo dependes de ti mismo y además no te distraen los brillos del mar o los estrato-cúmulos en la distancia. Mi crisis de los cuarenta se redujo (espero) a volver a los laterales del avión. Regresaron los dolores de cuello, las ganas de orinar o el estar encerrado pero con ellos -todo tiene un precio- también volvieron los nimbos, las auroras y las noches desveladas risueñas. Uno ha de seguir sus gustos sean cuales sean, no hay mochila que no escueza ni comida que no acabe siendo cagada pero, ah, los humanos, en el fondo nos encanta ese lado oscuro de todo.

Bueno, no todos los sueños se pueden cumplir, rectifico. El niño de atrás ha dado una patada seca, sorda, certera, que me ha malhumorado de una manera indecente. Mi fantasía sería bajar la ventanilla y sacarle la cabeza para que disfrutase un poco pero bueno, tendré que conformarme con apretar el botón que tengo a mi derecha y recostarme bruscamente a ver si hay suerte y le salto un ojo.

viernes, noviembre 03, 2017

martes, octubre 31, 2017

lunes, octubre 16, 2017