jueves, octubre 18, 2018

martes, octubre 16, 2018

viernes, octubre 12, 2018

martes, septiembre 25, 2018

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Para variar esta semana me he propuesto decir lo que pienso a los demás sin filtro de educación ni hostias en vinagre. Es martes y ya llevo varios eventos:
Uno en el trabajo me cuenta el verso de que su asignación es “demasiado grande” y que no llegamos a tiempo. Normalmente me quedaría callado pero es la semana asperger así que le digo:

-Si no vagueas lo puedes hacer perfectamente.

Me dirigió una sonrisa forzada. Al final del día todo estaba acabado. Obvio.
El profesor en clase de francés menciona el bautismo cristiano. Dice que cuando una persona lo hace, renace de nuevo.

-Si, pero no es verdad.- Le contesté.

La clase se quedó un poco en shock. La irlandesa de al lado me susurró que no era una clase de religión. Eso digo yo.

Luego en el supermercado un tipo con un monopatín de metro y medio bajo el brazo -en la zona de yogures- se gira y me golpea en la espalda.

-Perdón- dice, como con prisa para que parezca más sentido.
-Ni perdón ni hostias, ¿qué cojones haces llevando eso así en el puto supermercado?

El tipo escapó y por el camino golpeó una pila de tés japoneses. Cogí uno y lo metí en mi cesta.

Esta mañana se me acabó la avena y tuve que comprar una hecha en el Prèt-à-manger. Mientras buscaba donde tirar la tapita veo a un señor que lleva un café y un croissant y agarra un taco de servilletas demencial, casi un incunable.

-Si, necesitas veinte de esas para limpiarte.

Pero me ignoró. Una regla de tres: si le importa una mierda el planeta entero entonces yo le importo siete mil millones veces menos, como mínimo.

Ahora voy en el tren, un “vagón silencioso” donde se supone que la gente ha de ir calladita y sin música en alto y sin charlas telefónicas. Pero un tipo tres filas por delante está soltando una filípica -machoexplicación- a la chica de al lado, bien alto y claro. Ya me pongo la capa de borde.

Ahí voy.

lunes, septiembre 10, 2018

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El hojaldre es un invento antiguo, seguramente griego o romano, aunque fueron los árabes quienes lo expandieron por el mundo. En su origen cada hoja se hacía por separado, se untaba con grasa y se unía. Se encuentran algunas referencias literarias sobre esta comida en El Buscón de Quevedo, publicado en 1604, aunque más tarde vinieron los franceses y dijeron que lo había inventado Claude Gelée a pesar de que éste había nacido en el 1600. En fin, que existen más de doscientos tipos de hojaldre e innumerables formas de prepararlo e incluso comerlo, pero a mi en concreto me gustan unos que hacen en Astorga, una pequeña ciudad leonesa.

Mientras me comía uno el otro día (americano, es lo que hay) pensaba que habitamos el planeta unos 7.000.000.000 humanos. En la historia de la especie eso representa el 7% de todos los que hemos existido jamás, que son 107.000.000.000. Por cada humano vivo hoy en día, existieron 15 antes (que están muertos, claro). Lo más letal para los humanos no es la guerra ni la violencia sino las infecciones, que han liquidado a más de la mitad de los humanos. Muchos -muchísimos- nos hemos ido de la Tierra nada más nacer. Por si alguien tiene curiosidad, desde el año 3.600 AC se calcula que hubo unas 14.531 guerras y de todos esos humanos que hablo, unos 3.640.000.000 murieron de forma violenta en esos conflictos (lo equivalente a, más o menos, 61 veces la II Guerra Mundial en número de víctimas). Esas víctimas son directas pero muchas otras finaron como consecuencia colateral, por ejemplo de hambre porque unos caballeros les quemaron sus campos, con los que quizás hacían harina (y hojaldre).

Al acabar el pastel tuve un sentimiento doble de satisfacción y fastidio, quizás porque me había gustado pero se había acabado el muy cabrón. Eso me dio para pensar un rato en la naturaleza de las cosas y el hilo de ideas me fue llevando lejos y lejos y acabé dándole vueltas al Big Bang, que -contrariamente a lo que nuestra intuición nos pueda indicar- no fue una explosión como cuando en las películas revienta la Estrella de la Muerte, es decir, en un punto concreto localizable. No. Fue una explosión de todo el espacio que sucedió simultáneamente en todas partes (un bombazo infinito en toda regla). Y esto pasó hace unos 13.800 millones de años. Es desde entonces que el espacio se expande.

El sabor del hojaldre aguantaba, de modo que aún medité sobre eso de que el Universo se expande, y lo sabemos por las mediciones del color rojo. Existe un efecto físico llamado Doppler que tiene que ver con las ondas. Según este efecto cuando algo se aleja de nosotros a gran velocidad, tiende a verse rojo. Para el humano de a pie esto resulta un poco misterioso pero es fácil de comparar con el sonido de una ambulancia al pasar. Pensemos que cuando se aleja percibimos el sonido de su sirena más grave que cuando se acerca y esto, señoras y señores, es el efecto Doppler en nuestra vida diaria. Pues los colores, al igual que el sonido, tienen longitudes de onda que se pueden mesurar y por tanto midiendo el rojo se puede calcular la velocidad a la que se aleja una galaxia cualquiera de la Via Láctea o, más concretamente, de la Tierra, o -todavía más concretamente- de mi casa.

Lo divertido es que cuando hacemos las cuentas resulta que muchas galaxias se alejan de nosotros a una velocidad mayor a la de la luz (es decir, 300.000 km por segundo) y esta idea hace que nos explote la cabeza salvo si tenemos en cuenta que en realidad no es que esas galaxias se desplacen por el espacio a esa velocidad terrible rompiendo todas las reglas de la física: lo que sucede es que el espacio se expande. De la misma manera que si pintas un globo y lo hinchas, dos partes del dibujo se alejan una de otra pero en realidad ninguna de ellas se mueve.

Los millones de humanos que existimos habitamos en una realidad en expansión constante. No como un hojaldre en el horno, para eso haría falta levadura. Y ya no sería lo mismo.

lunes, agosto 20, 2018

martes, agosto 14, 2018

viernes, agosto 10, 2018

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Yo pensaba que era desordenado pero esta mañana al salir de casa resultó que la vecina de enfrente tenía la puerta abierta de par en par. Presencié el Caos -si, con mayúscula- por breves instantes. Fue un paisaje que no me voy a molestar en describir, inenarrable.
La señora, consumada por la vergüenza extrema del que ha revelado demasiado una miseria, cerró de un portazo, olvidando por completo su maleta en el descansillo. Tres segundos después -tras experimentar cierto alivio, imagino- recordó que de hecho se iba, de modo que abrió una rendija minúscula por la que pasar, se deslizó por ella y con toda la dignidad posible se colocó junto a mi a la espera del ascensor. Agarraba la maleta con las dos manos, nudillos blancos.

Por fin llegó el elevador. Cinco pisos de bajada que, tras lo sucedido, se antojaban eternos. De modo que ella consideró necesario decir algo (en inglés):

-Huele bien ese aftershave que usa.

(Vamos a aclarar que llevo barba de dos semanas)

-Ah gracias, pero creo que se refiere a mi jabón.
-Si, eso, huele muy bien.
-gracias...
-¿Es argentino?
-¿Quién, yo?
-No, el jabón.

No pude responder porque el ascensor llegó y la mujer salió despavorida. La vi alejarse por la acera en la mañana newyorquina, con el sol rebotando en las calles, el runrún del tráfico, una sirena distante y miles de desconocidos atareados subiendo y bajando con sus iphones carteras zapatos de tacón cafés del Dunkin’ Donuts gafas de sol trajes baratos caros semáforos homeless y una señora negra gritando a un Uber.

miércoles, agosto 08, 2018

lunes, agosto 06, 2018

Francia, 1

Mochila en la espalda esperábamos en la Gare de Lyon el tren que nos llevaría a Annecy. Dijeron que había retraso, creo que un cable se había quemado y a la mierda. Aburridos, bebimos agua mineral a tragos cortos sentados en el suelo. Exploramos la sección 1, hablamos con los guardias y mantuvimos una cabal vigilancia sobre la pantalla de salidas, al igual que las otras cuatrocientas personas que nos rodeaban. En un momento dado vi un piano cerca de unos asientos. Un señor negro estaba sentado en la butaca y tocaba con torpeza un par de teclas. Su mirada al vacío.

Pin. Pin. Pin. Piiiin.

Me coloqué a la orilla del piano y me quedé quieto unos minutos.

Pin. Pin. Pin.

El tipo fingía que no me veía pero claramente empezó a sentir la presión.

Pin.

Vale, finalmente con gesto agobiado se levantó del asiento y se apartó con cierta timidez. Sonreí y me senté. El pobre piano estaba muy desafinado, rozando lo roto. Intenté una melodía sencilla mezclando segundas menores y aumentadas, algo que amenizase la espera sin pretensiones.

Pero llevaba apenas unas frases cuando inopinadamente oí una nota agudísima que no era mía.

Pin. Pin. Pin.

El tipo, escorado al borde, tocaba una de las últimas teclas haciéndose el distraído. Seguí tocando como si nada.

De nuevo. Pin. Piiiin. Por supuesto.

Y por un instante pensé que su nota interrumpida era quizás una llamada de socorro en morse, una petición de ayuda, una inspiración inaplazable, un canto a lo efímero, una ilusión de esperanza, una disonancia fruto de la dialéctica fallida entre dos humanos que no hablan el mismo idioma, que no viven en la misma ciudad, ni el mismo país, que comen cosas diferentes, que nacieron en años dispares en circunstancias lejanas irreconciliables, viajeros del espacio y del tiempo que se cruzan en un único parpadeo en forma de do agudo, en la séptima octava de un piano en una estación de París.

O quizás sólo quería tocar los cojones.