miércoles, febrero 21, 2018

lunes, febrero 12, 2018

jueves, febrero 08, 2018

miércoles, febrero 07, 2018

martes, febrero 06, 2018

NY, 24


La mañana del 8 de enero del año 1877 un oficial de policía de la ciudad de Nueva York llamado John McDowell se encontraba haciendo su ronda en la zona de Hell's Kitchen. Fue entonces cuando vio que alguien estaba robando en una licorería, la Courtney’s Liquor Store. John intentó atrapar a los ladrones pero a cambio se llevó un tiro. Tuvo suerte, sólo le volaron la oreja izquierda y encima consiguió detener a uno de ellos, un tarado llamado George Flint.

A pesar del disparo recibido el señor McDowell se recuperó un tiempo después (aunque sin oreja, obvio). Como reconocimiento al valor el Departamento de Policía (NYPD) buscó a un artista que diseñase una medalla y acabó por realizar el encargo a un tal Louis Comfort Tiffany que trabajaba para la empresa de su padre llamada Tiffany & Co. Años después de diseñar esto, Louis se haría famoso por sus lámparas, la joyería y por el cristal favrile que inventó, entre otras cosas.

Aquella insignia diseñada por el señor Tiffany no pasó desapercibida y en 1909 uno de los equipos de baseball locales, los Highlanders, empezaron a usarlo como logo en sus uniformes. En 1913 cambiaron su nombre por el que todos conocemos, es decir, los Yankees.

No tengo ni la menor idea de cómo la imagen de un equipo de baseball americano llegó a colarse en mi infancia en Galicia; lo que recuerdo es que exhibían una gorra azul con el famoso logo en blanco en una tienda de deportes frente a mi colegio y me traía loco. Cada día me paraba en el escaparate a mirarla pero era cara y jamás pude ahorrar para comprarla. Pero no la olvidé; años después -ya pasados los veinte- una chica con la que salía me sugirió que fuésemos a Portugal de viaje veraniego, esto significaba playa, vino verde y bocatas de sardinas en plan cutre. Fue entonces cuando por fin me compré mi primera gorra de los Yankees. Dos pájaros de un tiro: protegerse del sol y cumplir un sueño. En fin, bajamos en tren a Vila Praia de Âncora desde Santiago de Compostela y aquel primer día olvidé la dichosa gorra en el tren. Sin comentarios.

Mi segunda gorra de los Yankees la tuve años después. La compré en Madrid, era azul gastada con el logo de Tiffany en negro, para ir a Cuba. Me habían dicho que en el Caribe el sol era infernal e hice lo propio. Volé. Aterricé. Dejé las cosas en una casa/hotel. Salí a la calle a hacer fotos -con mi gorra puesta- y según giré la primera esquina vi a un grupo de niños jugando al baloncesto con unas bolsas de plástico atadas a modo de pelota. Aquello ni botaba pero se lo pasaban bien. Me quedé mirándoles y me sentí mal con mi cámara de cuatro mil dólares colgando a un lado. Uno de los niños se acercó y me preguntó si le regalaba mi gorra. Por supuesto, se la di sin dudar aunque le quedaba grande.

Compré mi tercera gorra de los Yankees antes de ir a Tanzania con mi hermano. Hace mucho sol en la sabana, dijeron, y era cierto. Volamos desde España a Etiopía y yo con mi gorra. Desde Adís Abeba, a Tanzania. Aterrizamos en la ciudad equivocada (esa es otra historia) y tuvimos que coger un ferry en Dar es Salaam para llegar a Zanzíbar. A pesar del ramadán y que no podíamos comer en público estaba feliz y le dije a Javi que salía a popa a hacer fotos del Índico. El mar estaba precioso. Pero bueno, el ferry iba muy rápido y mi gorra salió volando y se perdió en las aguas.

Uno de los motivos por los que vine en persona a Nueva York fue para comprar mi cuarta -y última- gorra de los Yankees. Con ella viajé a muchos países por todas partes del mundo y me pasó de todo. Últimamente en la propia Manhattan nunca la llevo puesta desde que descubrí que me da vergüenza.

Ahora uso una de Columbia.  

un hombre subiendo unas escaleras


lunes, febrero 05, 2018

viernes, febrero 02, 2018

miércoles, enero 31, 2018

NY, 23


La próxima vez que a usted le encarguen diseñar un rascacielos le recomiendo que dé un paseo por Lexington Avenue en Nueva York y se detenga a mirar el Chrysler Building. Puede gustarle o no, eso no es relevante aquí. Lo que quiero es que se fije en el hecho de que es un edificio altísimo con una cúpula especial, gárgolas a los lados y una estructura que potencia lo horizontal, es decir, que ladrillos y ventanas son alargadas de derecha a izquierda y no de arriba abajo.

Sepa usted que en la vida existen muchas y curiosas ilusiones ópticas. Una de ellas es que si una persona apila un montón de cajas horizontales, se sienta en la base y mira arriba, le va a parecer que las últimas cajas son mayores que las de la base. Da igual que sepa que son idénticas, eso es lo que verá.

En la antigua Grecia ya se sabía mucho de ilusiones de modo que cuando Ictino y Calícrates levantaron el Partenón para hacerlo perfecto a la vista lo pensaron con medidas imperfectas. Si usted mide la distancia entre sus columnas resulta que no es regular pero ese desajuste equilibra la vista y crea armonía. Exactamente la misma idea se encuentra presente en el edificio Chrysler. Su arquitecto, Willliam van Allen, realizó una corrección visual añadiendo las gárgolas, en especial las de abajo -de la planta 31- que son imperfectamente inmensas. Su función no es otra que interrumpir nuestra mirada cuando ésta se desliza por la fachada y generar la sensación de que la base es mucho más ancha de lo que es en realidad. Adiós al problema óptico. Las de arriba vuelven a interrumpir el flujo visual y le preparan a usted para el disfrute de la cúpula sin permitirle mezclar todo. Es decir, dan estructura, composición y ritmo. Casi como un jardín zen.

Seamos claros, las gárgolas propiamente dichas en realidad no lo son. Una gárgola de verdad no es ni más ni menos que una cañería diseñada para que el agua de un tejado no caiga por el muro y en vez de eso salga despedida -como un grifo- un poco más lejos. Ya existían en la antigüedad pero las famosas son las medievales porque en muchas catedrales góticas se camufló esta función prosaica con esculturas de criaturas aladas, demonios, aves, harpías y seres mitológicos variados. La palabra procede del latín "gargula" que se relaciona con hacer gárgaras y garganta. Es, por tanto, onomatopéyico; evoca el sonido del agua saliendo.

Si usted se pusiese quisquilloso, el término más exacto para estas esculturas del Chrysler sería "acrotera": en la arquitectura etrusca, griega y romana eran elementos -a veces estatuas- colocados para proteger el edificio y ahuyentar a los malos espíritus o influjos. Igual que vestir luto o tapar espejos. Fíjese usted que Nueva York está plagado de protecciones y salvaguardas.

Misticismos aparte, las acroteras más visibles del Chrysler son las de la planta 31 y las de la planta 61. Las de arriba son águilas de tres metros. Las de abajo son réplicas de las decoraciones del capó de los vehículos Chrysler de 1926 (el modelo "Imperial").

Las águilas fueron esculpidas por un señor llamado Kenneth Lynch cuya obra posiblemente conozca usted. Fallecido en 1989, había empezando en el ejército poniendo herraduras para las unidades de caballería en los años 20. Fue el autor de las puertas de la catedral de St. Patrick en Nueva York, así como alguna de las famosas lámparas de Tiffany, los anillos que rodean al Atlas en el Rockefeller Centre o los bancos para sentarse en Central Park. Las águilas que hizo fueron un guiño a uno de los símbolos americanos: el águila calva, que figura incluso en el Escudo Nacional desde 1782 (para disgusto de Benjamin Franklin que se opuso a ello sin mucho éxito). El pobre animal casi se extingue en el siglo XX.

Los adornos de capó gigantes fueron diseñados en 1924 por Oliver Clark y posteriormente se convertirían en el logo de la empresa. Están fuertemente inspirados en el casco alado del dios romano del comercio, Mercurio ("merx" significa mercancía en latín) que a su vez estaba inspirado en el dios griego Hermes (el veloz heraldo de los dioses) que a su vez estaba inspirado en la deidad lunar egipcia Tot (también se escribe "Thoth") que -y de ahí vienen las alas- tenía cabeza de pájaro. Si usted vive en Nueva York podrá ver una representación en el Museo Metropolitano, visite la galería 134. Según se entra a la derecha.

La chica de la foto, por cierto, se llamaba Margaret Bourke White. Nacida en Nueva York, fue la primera mujer reportera de guerra. Hizo esa foto mientras trabajaba para Otis, la compañía de puso los ascensores en el Chrysler. Trabajó para la revista Life donde la apodaban "Maggie la Indestructible" tras sobrevivir a un torpedeo en el Mediterráneo, ser ametrallada por la Luftwaffe, abandonada en una isla desierta en el Ártico, bombardeada en Moscú y salir ilesa de un accidente de helicóptero en Virginia. Al final de la II Guerra Mundial fotografió campos de concentración nazis y tras eso presenció los dramas de la separación de la India y Pakistan. En 1948 estuvo con Gandhi horas antes de que fuese asesinado, lo cual curiosamente no se menciona en las exposiciones de Henri Cartier-Bresson (que también estaba y se hizo famoso por ello). Margaret murió de parkinson en 1971.

sin título


martes, enero 30, 2018