sábado, mayo 20, 2006

Momentos (fin de la serie)





Te acostumbraste nuevamente al horario con el que cuarteabas tu vida y a la repetición taciturna de momentos (el café, el trabajo, la comida, la hora de salida, llegar a casa, acostarse, apagar la luz) y todo aquello quedó más lejos que nunca, como un sueño desordenado y agridulce. Casi de antemano sabías que aquello no acabaría bien.



Nunca volveré –pensaste-.

Historia de una foto



En alguna ocasión me han preguntado por qué no monto una pequeña exposición o algo así. Aparte de que no me parece tan sencillo (la gente hace un par de fotos y parece ansiosa por colgarlas donde sea, hay que tener autocrítica) yo suelo encogerme de hombros y sonreír. En realidad opino que en un mundo sin dioses como el mío la muerte representa un vacío ilimitado e inexorable. Quizás hago fotos para que, en el futuro sin mi, alguien vea lo mismo que yo vi. Pensar eso me libera de aprensión, saber que cuando yo no esté alguien (no sabemos quién) mirará está foto y, por unos segundos, estará conmigo en aquellas escaleras bajo el sol, quieto, manteniendo la respiración y el pulso, escuchando ese rumor de ciudad, oliendo a calor y asfalto, recién tomado un café solo, sin azúcar.

Por eso creo que enseñar fotos –más allá de ciertos ámbitos, como éste mismo- carece de sentido. Habrá mucho tiempo para verlas luego.

viernes, mayo 19, 2006

Niño

Hombre sonriendo


¿Cuánto más podías acercarte a alguien que no conocías?

Era sencillo. Sólo tenías que encontrar un espejo.

Hombre con papas y plátanos

En la vida hay pocas cosas que realmente son indispensables. Imaginad un mundo sin papas o plátanos. Imaginad un mundo sin bicicletas. O sin calles. O sin gente pobre.

martes, mayo 16, 2006

Mujer en una puerta

Siempre mirabas todo como un juego en el que no se podía ganar ni perder ni nada de nada porque así eran las cosas uno mas entre muchos de los que salían temprano y miraban el ciento cuatro de la puerta y se preguntaban qué escondía y en realidad daba igual cruzabas la arcada de columnas alargadas mirando para aquella entrada o salida que dependía de la dirección en la que fueses y llegabas al paseo y te ibas caminando un día a un lado otro a otro perdiéndola de vista no para siempre pero casi y siempre igual hasta que una vez sin querer por casualidad miraste de nuevo y se abrió misteriosamente un trozo de la puerta que no debía y de la oscuridad impenetrable surgió ella que asomó la cabeza y te miró y te sentiste como si llevase allí años esperando no sabías qué y tras eso sin mediar palabra cerró la puerta y desapareció esa vez si para siempre jamás y te fuiste pensando en ello como una función de títeres que se asoman a un hueco oscuro y se hablan entre si moviendo las manos y haciéndote reír entre dientes hasta que uno muere y te da pena y te fuiste de allí con la certeza de que todo debería ser diferente porque ibas por la vida así como si los demás supiesen de qué hablabas o dónde te escondías cuando en realidad no era así nadie lo sabía porque no dejabas entrar no se podía te decías pero no era cierto no era una puerta ni una ventana lo que necesitabas era dejar que alguien se asomase como ella y mirase sin más pero te daba miedo que te viese allí y descubriese que en realidad nada era lo que parecía y como el mago de oz eras un tipo bajito y simpático que se escondía tras la apariencia de un mago poderoso y cruel

lunes, mayo 15, 2006

Hombre ciego


Entonces le hiciste aquella fotografía a un hombre ciego (sin que se enterase) y te dio vergüenza.

miércoles, mayo 10, 2006

Estrellas de mar


El despertar de aquel día fue bastante manso. Cuando volviste en ti ya piaban los pájaros -como bichos locos, a veces- por lo que no te hacía falta mirar el reloj para saber que pasaban largas de las seis. Te estiraste en la cama con un interminable bostezo y luego te fuiste a la ducha fría que tanto anhelabas. Se puede decir en tu favor que cuidabas muy mucho tus abusos europeos malacostumbrados al gasto. Un poco de jabón, el agua mínima, y lo llevabas más allá, comías poco, bebías poco, manchabas poco, habías apagado la nevera al llegar y de todo hacías un uso ajustado y cabal –caminabas a todas partes y habías regalado tu gorra de los yankees a un chico en la calle-. No hacía falta reconocer que íntimamente obtenías algún tipo de placer con lo austero. Por mucho que lo quisieras ocultar te sabías hijo del primer mundo con tu cámara de $2.500 y tu libreta negra Moleskine que impediría (lo hicieron) que acabases de creerte tu propio discurso. Acorralado por la ambigüedad (que no te dejaba en paz) te fuiste a bucear.

Habías pagado un pasaje en un barco que fondeaba por Cayo Largo. Cuando llegaste al embarcadero te diste cuenta de que aquello no sería como habías imaginado (pescador viejo en lancha vieja con historias viejas). En vez de eso había un reducido grupo de turistas que querían lo mismo que tú y allí mismo se subieron al barco.

Zarpasteis. Todos se pusieron en la proa al sol salvo tú que te fuiste a la tranquila sombra de popa, mirando vuestra estela espumosa sobre el Caribe y el bailoteo tonto de la bandera cubana. Casi habías olvidado que no ibas solo cuando pusieron música. Eso fue una ruina. Dos andaluzas pasadas de vueltas se fueron para atrás y se pusieron a calentar a los cubanos de forma escandalosa, uno de ellos subió el envite y tú no tenías muy claro qué pasaría allí. Antes de que se aclarase el asunto el barco paró en unos bancos de arena y alguien sacó cervezas y ron.

Mientras los demás bebían bajo el sol tú te tiraste al agua, bastante lejos había una isla desierta (un islote, vamos) y tu mitad de sangre extremeña te dictaba que la descubrieses. Nadaste algo más de media hora aunque por momentos dabas con arenales y prácticamente tenías que caminar. Cuando llegaste ni siquiera se oía la música del barco (tan sólo era un detalle más en el mar plano). Te estabas preguntando si serías la primera persona que pisaba aquella isla (y qué obtenías de eso) cuando, absurdamente plantada en la arena blanca, viste una rueda de camión.

Ciudad de noche


Aquel día fue el despertador el que te arruinó el sueño. Quizás por primera vez en días habías conseguido una inconsciencia limpia y pura sin maquinaciones oníricas y turbios microsueños en los que se te aparecían imágenes a las que no querías buscar sentido.

Te vestiste rápido, la guagua que te llevaría al aeropuerto pasaba a las cinco de la mañana (cinco y veinte hora cubana). Con tus aletas atadas a la bolsa bajaste a bostezar al vestíbulo, por las calles oscuras ni un alma. Te preguntaste entonces seriamente quiénes eran los que te despertaban con sus charlas y sus gritos pelados. Por fin llegó el autobús y, con la nariz pegada al cristal de tu asiento, pensaste que seguramente la ciudad tenía menos luz por aquel entonces que un siglo antes de que se inventase la bombilla. Llegaste al aeródromo, poco más que una caseta. Tras otra espera (cubana) conseguiste subirte a la avioneta. No recordabas haber ido en un avión a hélice en tu vida. Cuando despegasteis un cubano negro que estaba a tu lado se rió un poco y afirmó:

-Tienes miedo.
-Qué va- pusiste voz de valiente con un deje sutil de despreocupación bien estudiada.
-No se inquiete. El avión es ruso.

Ciudad junto al mar


Faltaban horas para coger la guagua hacia Viñales pero dormir ya no era una opción pasadas las cinco. Sinceramente habías creído que aquella noche daría más de si porque el día antes te habías caminado el Malecón entero (sus ocho kilómetros) ida, vuelta y parte de ida, haciendo fotos al mar y buscando un incauto que se dejase mojar por las olas que estallaban en haces de espuma contra el muro. No hubo más incauto que tú, acabaste mojado pero riéndote entre dientes de lo tonto que eras a veces (o siempre). Te asaltó un turista con una historia acerca de su cámara (se la habían robado) y seis o siete cubanos preguntándote la hora como excusa para entablar conversación (acabaste escondiendo el reloj).

Al lado del mar te encontraste un pez agonizando en el cemento de la baranda, creíste que era un lorcho (porque era el único pez que conocías). Te acordaste un poco de una historia de un erizo y Beckett, pero esto no era igual, reconozcámoslo. Si no ayudabas el lorcho tenía las de perder (al contrario que el erizo de Beckett). Trataste de agarrarlo pero en vez de dejarse salvar cabalmente dio un salto que te asustó mucho (como si pudiese amputarte un dedo). Del brinco se fue directo al suelo donde, ya sin duda, sólo le esperaba lo peor. Te armaste de valor y luchaste con el pez. Tu victoria, sólo comparable a la de Hemingway, fue salvar al dichoso pez y tirarlo al mar. Entonces pensaste que si existiese la justicia universal (que no) en aquel entonces alguien debería salvarte a ti.

De madrugada, desvelado, mientras pensabas en todo aquello y en la madre patria –que echabas de menos a escondidas- otra parte de ti se dedicaba a organizar los sonidos nocturnos. Primero siempre unos pasos o voces. Luego un camión. En tercer lugar perros, gallos y pájaros, por ese orden estricto; intercalado en cualquiera de dichos elementos pero sin alterar jamás el orden descrito podía oírse algún grito de naturaleza incierta y características muy variables, sordo, sonoro, alterado, crispado, incluso registraste alguno alegre, casi de júbilo, aunque en menor cuantía. Pensaste entonces qué interesante sería saber qué había detrás de todos aquellos ecos que te intrigaban y hacían de la noche un momento de misterio donde –todos lo sabían- los delitos eran más graves y el amor más fuerte.

martes, mayo 09, 2006

Multitud


El último día estabas ya impaciente por regresar; habías errado un poco tus planes económicos y te quedaban apenas diez pesos convertibles para todo el día. Habías dejado para aquel sábado (como si fuese la parte más dulce del pastel) la visita al Museo de Bellas Artes –incluso antes de saber de los Sorolla-. Era posible que tras pagar la entrada no te quedase para comer pero creíste (con razón) que no morirías por ello. Te habías despedido mentalmente del Malecón y de las ruinosas casas de la Habana Vieja, del olor a queroseno, a orine, a basura acumulada, a mar, a hojas verdes, a gente. Habías escrito tus cartas, hecho tus fotos y te habías dejado llevar por la casualidad de tus paseos. No tenías muy claro qué sería de todo aquello en unos años y si podrías volver a verlo como aquella vez. El día anterior, en el Museo de la Revolución, siguiendo educadamente tu plan preconcebido, habías leído durante varias horas la trayectoria del país y se te antojaba incierta. En una sala dedicada al Che te habías emocionado sinceramente (nadie te veía), tú, con tu talante severo y rígido de aquel entonces, casi amargado, heredero de conquistadores y mozos de bar, gallego, extremeño, español y europeo todo a un tiempo. Habías visto la foto del Che muerto con un hijoputa (quizás pagado por la CIA, qué importa) agarrándole del pelo. Habías tragado sonoramente y contenido un nosequé en el pecho. Saliste de allí con expresión deslucida. Pensaste entonces que la tristeza o la congoja, cuando es cierta, no tienen nada de poéticas.

Finalmente el viaje había servido de algo –aparte de maldormir en aquel cuartucho, como cuando estabas enamorado-, te había devuelto de una patada al mundo de los que sienten, de los que añoran, de los que pueden ser felices, algún día.

Hombre sentado

Por algún motivo aquella isla te recordaba constantemente a tus veranos extremeños. Una noche te diste cuenta del porqué: absolutamente todo el mundo salvo tú iba acompañado. Mirases a donde mirases todos eran dos. Y no sólo los cubanos, también los extranjeros -a lo sumo y como variante excepcional formaban grupos de solteronas de algún país nórdico-, de la mano, abrazados, paseando, besándose, riéndose, cenando, descalzos los dos por la playa, te cruzabas con ellos en cada esquina, en cada maldita calle de aquella ciudad.

El caso es que hacía tiempo que no recordabas aquellos veranos en los que tú eras el único de la pandilla que no conseguía ligar; todos los demás se marchaban por las noches a la parte de atrás del muro de la piscina para besarse y meterse mano un poco. Mientras tanto tú paseabas por el parque, mirabas las estatuas de las ranas pintadas de verde o te ibas a por chucherías a la Calle de la Cruz. No podías imaginar que uno se forja de pequeño y que, pasados los años, cuando ya eres mayor, muchas cosas no se pueden cambiar. Ranas verdes. Chucherías.

lunes, mayo 08, 2006

Coche y palmeras


Habías vuelto al hotel para darte una ducha y sentirte en casa. Te tumbaste un instante y, sin más, te quedaste dormido. Así hasta que el sol estaba ya bajo las copas de las palmeras.

El jet lag, que nunca te afecta.

Personas paseando


Te despertaste un minuto antes de las cinco. Trataste de fingir que seguías durmiendo pero sabías íntimamente que ya habías tomado el control de lo que soñabas y toda la gracia se había perdido. Finalmente te rendiste y en la penumbra, pies descalzos, fuiste a orinar. En el baño te cruzaste con tu reflejo, barba de cuatro días, pelo negrísimo, y te preguntaste una vez más qué demonios sería de ti, al final de todo.

Apenas habías regresado a la cama sonó, muy lejos, un himno de estos revolucionarios como de alguien que estaba probando unos altavoces. Al poco un hombre gritó pero no conseguiste entender qué. Y luego un gallo.

Mirando al techo alto, estirado en la cama como muerto, manos sobre el pecho, pensaste en el día anterior. Te habías ido por la tarde al Malecón a dar una vuelta y tratar de remediar el desastre fotográfico en el que estabas envuelto. Habías hecho lo de siempre, algunos contraluces, un par de fotografías de nubes y niños saltando al agua, nada especial. Quizás eso o la cena con música de Julio Iglesias –que no eras capaz de quitarte de la cabeza, ni lo lograrías en un puñado de días- era lo que había conseguido deprimirte un poco. Sin rumbo, sin señas de identidad. Pensabas en todo ello en la cama, mirando al techo alto, tumbado como un muerto, manos sobre el pecho. También te preguntabas qué sucedería horas más tarde cuando fueses a la Plaza de la Revolución. Era 1 de Mayo en La Habana (como en el resto del mundo), Castro daría un discurso para un millón de cubanos. Todas las calles y plazas estaban llenas de carteles invitando a la asistencia. Estaba claro que irías, como un autómata, para cumplir estrictamente con tu clisé de turista aventajado, de chico inquieto, de alma en pena.

Hombre con periódico


Sonó un gallo a eso de las 5:45. Hacía mucho tiempo que no escuchabas uno y te supo extraño. En la noche se habían oído algunas voces en las calles mal iluminadas, perros y algún auto. El resto, un rumor de aire de ciudad imposible de describir que encima se mezclaba con un olor dulzón y denso. Te sentías como si no fueses tú el que estabas allí en aquel cuartucho de paredes color crema y techo alto, en aquel hotel de fachada antigua y nueva con balcones pequeños y columnas cuadradas, en aquella calle casi de tierra justo al lado del Malecón, en aquella ciudad, en aquella isla.

Tarde o temprano reconocerías que tenías miedo. Alguien te preguntó si habías traído algún periódico o algo así que regalar sin más, te sentiste un poco mal. Habías escuchado las historias sobre bolígrafos y no les habías dado crédito y entonces era tarde, valiente idiota.

Luego habías salido a pasear en la noche sin la cámara, manos en los bolsillos, casi avergonzado no sabías de qué. Caminaste por el Prado. No muy lejos viste un café de turistas y te dio lástima, era un escaparate de dentro afuera. Recuerdo que no entraste, en vez de eso seguiste caminando y viste puestos de comida en una calle transversal, gente por todas partes, negros flacos gordos mujeres –todas con sandalias y la mayoría mulatas o negras- muchos del brazo, arrimados como si no hiciese el calor que hacía. Te vanagloriabas en tus pantalones vaqueros sucios y tu gastada camiseta negra pensando que nadie sabía que no eras de allí –también había blancos, bien podrían confundirte con uno- cuando un negro se acercó y te preguntó en inglés si necesitabas ayuda. Estaba claro. Fue ahí cuando te desmoronaste un poco y te fuiste en dirección contraria, volviste por los mismos puestos y las mismas aceras pero ya eras un postizo y lo sabías. Otro negro abrazado a dos mulatas y con gafas de sol –a pesar de la noche cerrada y luna chica- te dijo hola amigo. Una mujer –no sabes cómo era, no te giraste para verla bien- te gritó desde una puerta de un bar para que fueses allí.

Llegaste a tu cuarto de paredes color crema y techo alto. Era tarde o ya temprano, intentabas no pensar en el tiempo en España, no ser como aquella de Murcia que en la cola de inmigración se quejaba por la impuesta obligación de cambiar el reloj. Creías que no pegarías ojo pero te quedaste roque y soñaste turbio para, finalmente, despertarte con un brusco sobresalto. Cuando sonó el mencionado gallo a las 5:45 no estabas en cama sino en camiseta por la habitación, persiana a medio bajar y haciendo fotos oscuras (negras, nunca salieron) al vano de la puerta alta; habías visto que muchas luces allí eran como verdosas (entraba la penumbra desde el pasillo) y no pudiste evitar dejar constancia de ello para dejar de pensar a borbotones y distraerte un poco. Al momento te viste agotado, te costaba incluso abrir los ojos o levantar una mano, decidiste seguir durmiendo y por dios dejar de lado el miedo a lo desconocido. Apagaste la luz y te dormiste (una vez más) al instante. Negro oscuro, casi como las fotos de la puerta alta.