miércoles, 27 de mayo de 2009

Hombre



Este fue el día que Coco se vino con nosotros. Nos lo encontramos en la cuneta de una curva donde nos había dejado un autobús. Me acerqué a una caseta a hacer un par de fotografías, unos hombres jugaban a algo con monedas en el suelo, como a las canicas o así. En el puesto una niña bebía leche y vendía cervezas San Miguel. Éste, un peregrino, miraba la escena concentrado. Cuando volví Melina estaba asustada porque un perro no la dejaba en paz. Nos pusimos a andar, queríamos cruzar los montes campo a través hasta llegar a un pueblo construído sobre una montaña con un templo en la cumbre. Caminamos y el can nos siguió. Yo llevaba galletas en el bolsillo y le di una. Movía la cola alegrísimo. Nos encariñamos rápido, de modo que él iba abriendo el paso, intuía a dónde íbamos a pesar de que estuviese lejos. Cuando parecía desaparecer luego resultaba que estaba esperando tras una loma. Éramos como viejos amigos que se las saben todas uno del otro.


Llegamos al pueblo pero Coco sabía que no debía entrar. Se puso a chispear y volvimos a por él. Estaba esperando allí, bajo la lluvia, solo.



A veces pienso en Coco, me pregunto qué estará haciendo allí lejos, en el Himalaya.

2 comentarios:

Pumuki dijo...

Bonita historia, pero porque no podia entrar en el pueblo?

Un saludo.

ramón dijo...

A la gente no le gustaba y si ven un perro que no conocen le pegan. Aparte había otros perros dejando claro de quién era el territorio... :(