viernes, mayo 19, 2017

Notas aleatorias nº 6

-Es lo que tiene Nueva York, que pasa cualquier cosa en cualquier momento.

-Hoy, sin ir más lejos, un borracho se metió en Times Square con el coche en dirección contraria. Ya no sé ni a cuántos atropelló el hijo de puta pero como una docena. Y peor, mató a una persona. Por la tarde, en mi rutinaria visita a la piscina, pasé por allí y vi el auto estrellado, casi al lado de la oficina de reclutamiento del U.S. Army. Una multitud de curiosos sacaba fotografías con sus palitos selfie y durante un instante les odié. La policía había acordonado la zona y muchos de ellos vestidos con monos blancos -como los pseudocientíficos de E.T.- pululaban por allí buscando ultrasonidos y posibles conexiones invisibles con al-Qaeda, aunque lo que está de moda es el Estado Islámico, nadie quiere saber nada de los otros. La moda, que no perdona ni a Alá.

-Hoy me asusté mucho. Al mirarme al espejo vi que tenía barba, pelo despeinado y un hoody vintage de Adidas, como me descuide me van a tomar por hipster. Mañana mismo me afeito.

-Estoy justo en este instante en una ceremonia de entrega de premios. Tengo puesto mi traje Corte Inglés que uso en todas las bodas, bautizos y fiestas de guardar. De calzado, unos Camper que son tan cómodos que se puede hasta dormir con ellos. Me han dado un vino gratis y un pastelito de langosta sin langosta. Miro de reojo a un coreano que se sienta a mi lado. En pleno meollo de presentadores, música, proyecciones, gente saliendo al escenario y aplausos, el tipo está enfrascado con su teléfono en ebay pujando como un loco. Fuerzo la vista (llevo gafas de pasta) y veo que le quedan unos segundos para que se acabe la subasta, puja por $275 pero mi retina no alcanza a distinguir qué cojones quiere el notas éste. Veo un contador de tiempo, le queda nada. En ese instante, me llaman y el público aplaude como si me conociese de algo.

-Paso por un Dean & Deluca que pese al nombre extraño es un lugar de sushi y bocadillos. Frente a un espejo, sobre un taburete alto, veo a una señora que hace movimientos regulares adelante y atrás, un poco locos. Se mira al espejo y con cada espasmo hace un sonido gutural como una nota que no es un La ni un Do ni nada de nada, sólo un ruido extraordinario que hace imposible que no mires en su dirección. Lleva lo que llaman aquí un blazer y en España un chaleco, rojo feo con unas letras en blanco que dicen "Jesus is Life".

-Voy a comprar al nuevo Trader Joe's de la calle 32 que está en un sótano de suelo irregular. He de investigar la historia de esa esquina pero por el momento la cosa pinta mal. Hay un edificio espantoso llamado "The Future" con un diseño de balcones horrible que parece más un Escher que un lugar donde vivir, dormir, comer o reproducirse con la calma. Los balcones, diseñados por un infradotado, sólo se ven bien desde un ángulo. Si te colocas a 32º al sur del edificio, fugan y son bonitos. Cambia un puto grado y verás que son un falsete impracticable y estúpido. ¡Como si no fuese un inmueble de dos millones de dólares por barba! En fin, desesperado bajo las escaleras mecánicas del supermercado y busco mis kiwis, mi soja y mis algas nori de siempre entre otras cosas más normales. Pago y al salir veo un cartel que dice: "great values and even better food" (grandes valores e incluso mejor comida). No sé qué drama mental tiene esta gente que no le basta con venderte cosas envasadas, parece que de alguna forma han de convertirse en tu psicólogo o en una especie de secta en la que uno compra ya no por coincidencia (es el que queda más cerca) sino por principios. Tuve que reprimir el impulso infantil de dar una patada o ir corriendo a un deli a comprar patatas o algún café de mierda pero bueno, no lo hice porque ya tengo tres botes de Lavazza en casa. Y es que en realidad en la oficina nos dan café gratis pero me gusta ponerme uno en taza en casa y sentarme en la mesa a tomarlo mientras hago un sudoku, me recuerda a mamá y me gusta. Ella solía -ya no toma café- beberlo en la cocina de Santiago, cerca de la ventana. Y si bebo vino pienso en el abuelo que un día muy serio me dijo que podía pedirle cualquier cosa salvo vino. Lo tomaba en un vaso inconfundible de Cruzcampo. Es curioso cómo se nos anclan recuerdos a cosas tan simples como una bebida, unas escaleras o una foto. Y los humanos, que lo aprendemos todo por mirar y copiar y copiar y copiar y copiar, obtenemos por simpatía la sensación completa de un evento complejo con la simple y mecánica repetición de un elemento simple que formara parte del mismo.

-Mientras espero a Marcos y María surge una pelea en frente del Walgreens. Son un montón de chicos negros que le están pegando a otro -también negro-. Mi afán de Capitán América no me lleva tan lejos como para intervenir así que no me lo pienso ni un segundo, saco el teléfono (un iphone 5S del año catapum) y llamo a la policía. Le digo al señor que veo una pelea con unos treinta tipos. ¿¿¿Treinta??? -dice-. Si -sentencio-. Luego pongo el cronómetro. Pasan 50 segundos hasta que llega un coche azul y blanco con sirenas y todos salen corriendo. Luego otro y otro y otro. En tres minutos hay casi 10 coches de la NYPD y ni un sólo adolescente. Ya no es la primera vez que llamo, por supuesto, en Harlem lo hice varias veces. Una vez vi una pelea muy fea y llamé. Otra un tipo pegando a su mujer. Y en Midtown, dos gays dándose de hostias -llamada- y una maleta abandonada junto a Grand Central -llamada-. Antes me gustaba intervenir pero sinceramente apareciendo cadáveres en Central Park a uno se le quitan las ganas de llegar a mitad de disputa y decir con voz de Papá Noel eso de "wowowowoowoooo". Aunque lleves barba de hypster (y gafas de pasta).

-Frente al Mogador, paseando con Marcos y María, vemos a un tonto que se ha subido a un árbol. Como tengo eso que llaman "vértigo ajeno" lo paso fatal. Es decir, yo me puedo jugar el pescuezo lo que me dé la gana pero resulta que si veo a alguien en peligro, pues lo paso mal. El chaval demostró sus dotes arácnidas moniles y se bajó sin problemas. Le hice una foto.

-Marcos era mi amigo hace 25 años y luego un cuarto de siglo sin verle. Vino a la ciudad con María, su mujer. Me intimidó un poco su forma de ser directa y cálida. Yo es que soy lo que decimos en Galicia "un toxo" y antes me muero que mostrarle aprecio. Levanto una ceja, les invito a cenar, les hago fotos y gasto una broma. Eso, en términos de toxo, es un amor casi incondicional. Intento superarme a mí mismo pero por definición es imposible. Cuando se van los echo de menos, pero no lo saben.

-Camino por Madison cuando poco a poco se pone el sol. Elevo la vista a los rascacielos cercanos y me aplasta de repente un naranja brillante que baña suavemente unas fachadas. Siempre que noto felicidad pienso en Ceci, ojalá estuviese aquí para verlo. Un golpe de luz, color, saturación y primavera, todo a la vez en Celcius o Fahrenheit, qué coño importa eso ahora. Mientras lo miro embelesado pasan unas chicas judías a mi lado riéndose de algo. El sol de apaga. Suena el runrún del tráfico, pasa un repartidor en bicicleta, oigo una ambulancia a lo lejos, huelo el asfalto, siento el calor pegajoso del cemento y la acera y un único pensamiento me invade.

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