lunes, 18 de abril de 2016

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Desde el cielo Luisiana parece un campo de nubes blancas y rosadas; luego el avión desciende y por fin ves retazos de verde muy verde y un río marrón, anchísimo, casitas en la orilla y barcazas y una fábrica gigante y pantanos, manglares, cenagales y un lago y el trasto aterriza.

El aeropuerto huele a moqueta y comida frita; hace calor húmedo. A pesar de esos tres elementos no es desagradable y eso me sorprende. Desde el taxi veo varios anuncios de casas de striptease, uno dice "legal por los pelos" y sale una lolita con una promesa en la cara; tengo que recordarme que Galicia no es mucho mejor. Entretanto el conductor, un chico bosnio, nos cuenta del Katrina. Que murieron dos mil. Que nadie mandó ayuda en cuatro días. Que Bush es un desgraciado. Pasamos junto a un estadio y lo señala "ahí se refugiaron muchísimos y hubo muertos, violaciones y pasó de todo"; y frente a una cárcel "los guardias escaparon y dejaron a los presos sin comida, algunos se fugaron pero el agua estaba llena de caimanes y serpientes"; y un cementerio "aquí los ataúdes recién enterrados salieron a flote". Cuando llegamos al destino ya tengo claro que me va a gustar mucho esta ciudad.

El hostal no es un hostal sino un viejo y destartalado hospital militar de la guerra de secesión. La madera cruje en el porche de estilo sureño y estamos en el segundo piso. Las paredes son de ladrillo y para ser honestos he de decir que la habitación es tan grande como nuestra casa entera en Nueva York; en Luisiana todo es grande. De nuevo huele a moqueta, de éstas que hundes un poco el pié al pisarla; hay cocina, sofá para cinco, calefacción de leña y alguien ha robado la lámpara del techo; todo es tan hortera que no me disgusta. Para completar el cuadro hay una oruga fallecida en el techo, ha tenido la decencia de morirse lejos de la cama, ni siquiera yo soportaría dormir con esa inquietud sobre nuestras cabezas.

El barrio es de casas victorianas destartaladas, las aceras rotas por las raíces de los magnolios, las verjas descosidas, las maderas despintadas, las ventanas rotas o sucias, los tejados descuidados; es como un aire decadente y oxidado de amable dejadez y abandono, de vieja grandeza y fortuna perdida que mira al pasado sin detenerse en las minucias del presente.

Paseamos hasta el barrio francés atravesando muchas calles. Comemos de camino un pot boy de gambas fritas con café americano infinito y una tortilla gigante que parece un desayuno para tres. La comida es lo de menos, sólo hemos entrado porque es un diner clásico (es como le llaman en América a los sitios de comida de barrio abundante y barata) de asientos cromados en la barra y sillones rojos y todo parece de los años setenta. A la camarera le faltan los dientes frontales y durante la comida nos pregunta siete veces si nos gusta y cuando me acabo el café me rellena la taza sin pestañear. Dejamos propina y hacemos fotos como por despiste.

El famoso barrio francés es bonito aunque está atestado de turistas que por los pelos no arruinan el paseo. Hay músicos por la calle, poetas vendecuentos, buscabobos, lectores de tarot, perroflautas, sin techo, los mencionados turistas, bandas de chicas en despedidas de soltera y personajes locales de toda índole. La mezcla es tan rara que me sorprende que no vuele por los aires; no lo hace. Me quedo con la idea de que el barrio debía ser increíble en los años cincuenta o sesenta; ahora -aunque me gusta- me da pena.

Salimos encantados por el paseo pero que nadie se engañe, hay una línea invisible al norte del Mississippi que no podemos pasar porque no es segura. Ir a muchos barrios es peligroso, ni se te ocurra ir solo o por la noche. No tengo miedo pero se me hace raro. Es fácil culpar a los maleantes pero algo me dice que no todo el problema son ellos; la vida es muy injusta y Nueva Orleans, con toda su grandeza y su desgracia, es un ejemplo perfecto.

Se me cierran los ojos. El día ha sido largo y me he tumbado a escribir en esta cama que parece que tiene cinco colchones. Cecilia se durmió hace rato. Se escucha muy muy lejos el rumor del tráfico en Charles Avenue; una televisión encendida casi imperceptible; y el palpitar del aire húmedo empalagoso. Todo eso si vives en Nueva York es equivalente al silencio absoluto así que apagaré la luz, sonreiré en silencio y dormiré como dios por primera vez en meses.

(...)

Mierda; llevo media hora a oscuras y nada.

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